Por Dr. Miguel Ãngel MartÃnez RodrÃguez
«La libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tener ninguno».Cicerón.
No se trata de derecha o izquierda. Tampoco de nostalgia por el pasado ni de adhesión a una causa partidista. La verdadera disyuntiva que enfrenta México es más profunda: elegir entre un paÃs gobernado por caudillos y movimientos temporales o un paÃs gobernado por leyes e instituciones duraderas.
La historia demuestra que las naciones que lograron consolidar repúblicas fuertes alcanzaron estabilidad, prosperidad y libertad polÃtica. Aquellas que depositaron su destino en lÃderes providenciales y en proyectos personalistas terminaron pagando un precio muy alto. Ningún hombre es más importante que las instituciones; ninguna mayorÃa es superior a la ley.
México enfrenta hoy precisamente esa encrucijada.
Durante los últimos años se ha construido un modelo polÃtico profundamente dependiente del liderazgo carismático y de la lealtad al movimiento gobernante. La justicia parece operar con criterios diferenciados; la profesionalización del servicio público ha cedido espacio a la afinidad polÃtica; y diversos órganos concebidos como contrapesos han sido sometidos a una presión constante. Poco a poco, el Estado ha comenzado a confundirse con el proyecto polÃtico en turno.
En el fondo de la crisis subyace una pregunta esencial: ¿caudillos o instituciones?
Mientras el funcionamiento de la República dependa de la voluntad de un lÃder o de la cohesión de un movimiento polÃtico, seguiremos condenados a la fragilidad institucional. Un paÃs de más de 130 millones de habitantes no puede descansar sobre la autoridad moral de una persona ni sobre la disciplina de una facción. Las instituciones existen precisamente para garantizar continuidad cuando los hombres pasan.
Por ello, la tarea histórica de nuestro tiempo ya no consiste en impulsar una nueva transformación, sino en refundar la República, es decir, devolverle su esencia.
Implica profesionalizar radicalmente la justicia y la seguridad mediante verdaderos sistemas de carrera meritocrática, donde el mérito sustituya a la cercanÃa polÃtica como criterio de ascenso. Significa garantizar una autonomÃa real del Ministerio Público para que la persecución penal deje de depender de intereses coyunturales. Supone reconstruir contrapesos institucionales eficaces y restablecer una separación clara entre partido y Estado.
Pero, sobre todo, exige recuperar una cultura republicana basada en la impersonalidad del poder: comprender que la lealtad suprema de los servidores públicos no debe estar con un presidente, un partido o un movimiento, sino con la Constitución y con la ley.
México no necesita un nuevo salvador. Las repúblicas maduras no se sostienen sobre hombres providenciales, sino sobre instituciones capaces de sobrevivir a cualquier lÃder y a cualquier proyecto polÃtico.
Porque las naciones verdaderamente libres no son aquellas que encuentran al caudillo perfecto.
Son aquellas que construyen instituciones lo suficientemente fuertes para no necesitarlo.

