Por Dr. Ángel Darién Zapata Marín 

Y el balón rodó.

Pese a todo, qué bueno que México consiguió un 2-0 frente a Sudáfrica. Bien por nosotros; mal por Sudáfrica. Tres expulsados: dos de la nación africana y uno mexicano que, sin mucho sentido, se expuso a una sanción que, en opinión de muchos, resultó desmedida.

En fin, así quedaron los resultados dentro de la cancha.

Fuera de ella, el escenario era completamente distinto. Las protestas de la CNTE, que intentaba hacer cumplir sus promesas de paralizar la justa deportiva y trastocar toda la ciudad; las madres buscadoras, de manera más pacífica pero ahí presentes como la tragedia que significa el horror que implica en nuestro país los desaparecidos; y otros colectivos, pareciera que todos salieron (a favor de palestina, contra la reforma judicial, transportistas, padres de los 43, colectivos estudiantiles UNAM, productores agrícolas, colectivos de la jornada antimundialista, defensores de derechos de los animales). ¿Y qué pasó en la Ciudad de México? Casetas cerradas, policías por todos lados -antimotines que ya no se llaman así-, muros de metal y barricadas de concreto para impedir el paso, y un operativo de seguridad pocas veces visto, inédito sin duda. Una ciudad blindada para recibir al mundo.

Cuanto contraste entre los de adentro y los de afuera, entre los mundialistas y los que no tienen nada que celebrar, dentro de esas contradicciones profundas y palpitantes, incluso el futbol pareciera ya no pertenecer al pueblo. Son numerosas las críticas por el costo de los boletos, cada vez más elevados frente a otros eventos deportivos, como el mundial en Qtar también polémico y oneroso, pero no tan caro como este evento deportivo. Los aficionados ya no tienen el mismo acceso que antaño.

Atrás quedó México 70 y México 86, dos mundiales en los que el país también atravesó retos internos sin precedentes, como ocurre ahora. Entonces, como hoy, existían tensiones, dificultades económicas, violencia y problemas estructurales que parecían no tener fin. ¿Cómo olvidar el 68 estudiantil?, o el temblor del 85 que dejó en los cimientos y con miles de muertos la capital del país. Ahora, enfrentamos las fosas clandestinas, miles de familias buscando a los suyos, dolor, violencia y narcotráfico.

Mientras unos celebran, gritan y descargan frustraciones, divisiones y enojos acumulados, otros observan cómo una victoria conseguida por once jugadores se convierte, por unas horas, en una victoria colectiva. La canasta básica aumenta (6.4% acumulado en el año). La gasolina cuesta más. El tráfico parece interminable. Los robos, la inseguridad y la confrontación política ocupan las conversaciones diarias pero los mexicanos seguimos encontrando en el futbol un espacio para ganar, aunque sea simbólicamente y por un momento; un lugar para olvidar por noventa minutos el costo de la vida asfixiante, el caos vial, la inseguridad, el narco y la violencia desmedida (recuerda al alcalde de Metepec que entró un club deportivo con escoltas armados con fusiles).

Por eso el futbol fue lo que fue. Y digo fue porque este Mundial está profundamente marcado por circunstancias excepcionales.

Un país anfitrión enfrentado militarmente con otro participante. La selección de Irán en México porque sólo entrara en territorio estadounidense a jugar para irse a su país. El primer Mundial inaugurado sin la presencia de un jefe de Estado. Un mundial en el que tres países serán sede del mismo, con diversos lugares, estadios y escenarios, con un Brasil que ya no parece tan dominante como en otros tiempos. Atrás quedó, para muchos, la magia verdeamarela, el jogo bonito, los días del rey Pelé, del brujo Ronaldinho, Roberto Carlos y su gol imposible, de Neymar y tantas figuras que hicieron del futbol algo más que un deporte, lo hicieron un cuento de hadas y una fuerza transmutadora de conflictos no resueltos.

Sin embargo, todo cambia, y con ello cambia también la Copa del Mundo.

Numerosos creadores de contenido y visitantes extranjeros que llegaron a México relataron su sorpresa al encontrarse con espacios cercados por vallas y muros temporales. Algunos afirmaron que aquellas estructuras frías transmitían más temor que seguridad. Hubo quienes evocaron imágenes del Muro de Berlín y se preguntaron: ¿qué ocurrió aquí? -el FAN FEST planeado en el zócalo de la CDMX no pudo desarrollarse como se había planeado por las amenazas constantes de la CNTE-.

Ojalá que esta fiesta mundialista deje algo más que fotografías y estadísticas. Ojalá deje confianza, optimismo y una razón para mirar el futuro con menos pesimismo.

Los países necesitan buenas noticias. México las necesita. También las necesitan nuestros vecinos y, en realidad, un mundo que parece vivir permanentemente entre crisis, conflictos y polarización requiere de procesos de catarsis, un alivio para el pueblo, para la gente frente al reto que implica la vida misma.

Deseo sinceramente que nuestra selección avance muchas etapas más y no solo pase la primera.

También deseo que quienes conducen los destinos del país muestren la misma determinación que esos once jugadores que salen al campo y defiendan nuestra tierra y nuestra gente frente a los innegables rentos internos que se nos ciernen, porque la historia demuestra que ningún país obtiene buenos resultados cuando la criminalidad, la impunidad y la violencia terminan imponiendo las reglas del juego.

Como aquella ciudad amurallada, ojalá el Estado y toda su fuerza se manifieste en los tres niveles de gobiernos para que la criminalidad deje en paz a la ciudadanía y regrese a donde pertenece, no en los reflectores públicos sino en la obscuridad de las alcantarillas, agazapada y sin poder imponer sus reglas, que ya no pueda amenazar con quedare el esférico y el juego.

Mientras tanto, el balón sigue rodando.

Y con él, las ilusiones, las críticas, las esperanzas y los pendientes de toda una nación.

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