Por Jazmín López
El Mundial de Fútbol 2026 ya está en marcha. Millones de personas en México, Estados Unidos y Canadá siguen con entusiasmo cada partido, celebran los triunfos de sus selecciones y viven la pasión que caracteriza al deporte más popular del planeta. Sin embargo, mientras la atención mundial se concentra en las canchas, existe una realidad que también merece ocupar los titulares: el incremento de la violencia contra las mujeres durante los grandes eventos deportivos.
Organismos internacionales como ONU Mujeres y UNICEF han documentado que durante torneos de esta magnitud las llamadas a líneas de emergencia por violencia familiar pueden aumentar hasta en un 30 por ciento. Esta cifra revela una problemática que suele permanecer oculta detrás de la emoción colectiva y que obliga a reflexionar sobre los riesgos que enfrentan miles de mujeres dentro de sus propios hogares.
Es importante dejar algo claro: el fútbol no provoca la violencia. La violencia contra las mujeres tiene raíces profundas en la desigualdad, el machismo y las relaciones de poder que persisten en nuestras sociedades. Lo que ocurre durante eventos masivos como el Mundial es que ciertos factores, entre ellos el consumo excesivo de alcohol, la tensión emocional, la frustración por una derrota o la euforia de una victoria, pueden intensificar conductas agresivas ya existentes.
Por ello resulta especialmente relevante la campaña internacional “La violencia contra las mujeres no es parte del juego”, impulsada por la Red Nacional de Refugios de México, Women’s Shelters Canada y la National Network to End Domestic Violence de Estados Unidos. La iniciativa busca prevenir, monitorear y atender las distintas formas de violencia que pueden incrementarse antes, durante y después del torneo, brindando acompañamiento a mujeres sin importar su nacionalidad o lugar de origen.
En México, la preocupación es aún mayor porque las ciudades sede del Mundial enfrentan desde hace años importantes desafíos en materia de violencia familiar y de género. Esto significa que la organización de un evento histórico debe ir acompañada de acciones concretas para garantizar la seguridad y los derechos de las mujeres y las niñas.
El éxito de una Copa del Mundo no debe medirse únicamente por la cantidad de visitantes o por la derrama económica que genera. También debe evaluarse por la capacidad de nuestras sociedades para proteger a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad. El deporte tiene el poder de unir comunidades, inspirar a las nuevas generaciones y promover valores positivos; jamás debe convertirse en una justificación para la agresión.
Hoy que el Mundial ya forma parte de nuestra vida cotidiana, el llamado es claro: disfrutemos la fiesta deportiva, pero sin perder de vista que ninguna victoria justifica la violencia y ninguna derrota puede convertirse en motivo para ejercerla. Porque la violencia contra las mujeres no es parte del juego y combatirla es una responsabilidad colectiva.




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