“El dolor es la raíz del conocimiento.” —Simone Weil.
Por Dr. Juan Federico Zuñiga Ramírez.
En Cuautla, una tarde que parecía sombría, sobre la calle Galeana, donde la historia parece caminar despacio, como si temiera despertar a los moribundos, a los agónicos e incluso a los muertos, los vecinos comenzaron a hablar de una mujer que permanecía inmóvil frente a una vieja fachada. En sus manos sostenía un periódico cuya nota principal anunciaba un “brutal asesinato de menores de edad”.
Entonces recordé a Níobe, protagonista de una terrible historia del pensamiento griego. Era hija de Tántalo y esposa de Anfión, rey de Tebas. Orgullosa de haber tenido muchos hijos, se burló de Leto, madre de Apolo y Artemisa. Su soberbia provocó la ira de los dioses: Apolo mató a sus hijos varones y Artemisa a sus hijas. Devastada por la pérdida, Níobe lloró hasta que los dioses la transformaron en piedra; aun así, la roca siguió derramando lágrimas. Por eso, aquella mujer inmóvil en la calle Galeana parecía cargar no solo un nombre, sino una antigua condena: la de una madre petrificada por el dolor.
Pero en la calle Galeana la historia no parecía hablar de dioses vengativos, sino de una pena más cercana. La mujer de Cuautla no gritaba; apenas respiraba. Su silencio tenía la forma de quienes han cargado demasiado. Desde la psicología, el trauma puede entenderse como una experiencia que rebasa la capacidad de la mente para ordenar lo vivido. Cuando el dolor no encuentra palabras, el cuerpo habla: se paraliza, se endurece, se vuelve estatua. Níobe no era solo una figura mitológica; era también una imagen del duelo detenido. ¿Alguna vez has tenido un duelo que paralice tu alma y tu cuerpo?
Una mujer que pasaba por la calle con su hija adolescente miró a la mujer inmóvil y preguntó, con una sonrisa extraña, si la señora estaba enferma. Un anciano que también caminaba por ahí respondió: “No; está recordando”. Tal vez esa frase explica que somos memoria antes que piedra, pero a veces la memoria pesa tanto que petrifica y nos deja inmóviles. ¿Qué hacemos con el sufrimiento cuando ya no cabe en el lenguaje?
Al caer la tarde, una gota descendió lentamente por el rostro de la mujer. Nadie se dio cuenta y quizá ni importó si era sudor del sobreesfuerzo que hace el alma para contener el dolor interno. Algún transeúnte pensó que era lluvia atrasada o una lágrima. La calle Galeana siguió su rutina: motocicletas, puestos ambulantes, pasos apresurados, mujeres y hombres que caminaban por esa calle; algunos ofrecían comida y otros productos. Sin embargo, algunos de quienes pasaban también guardaban dolor en el alma. Por un instante, Cuautla pareció recordar que toda ciudad guarda sus mitos, secretos y cosas que se ocultan tras la fachada de la cotidianidad. No en iglesias ni en castillos lejanos, sino en sus esquinas, en sus fachadas gastadas, en sus madres que esperan y en sus duelos que nadie ve.
Níobe, la madre convertida en piedra, nos obliga a mirar de frente una verdad incómoda: el dolor de lo cotidiano. Este mito enseña que llorar no siempre es debilidad; a veces es la última forma de seguir siendo humano. Y si una piedra llora, quizá no sea porque conserve vida, sino porque hay dolores que ni siquiera la piedra consigue callar.
Níobe muestra que el sufrimiento puede convertirse en una prueba interior, pero también advierte que no todo dolor fortalece por sí mismo. Hay heridas que, si permanecen en silencio, no enseñan: ocultan, hunden, paralizan y vuelven piedra a quien las carga. Por eso, comprender el dolor, elaborarlo y resignificarlo no significa olvidarlo, sino darle un lugar menos cruel dentro de la memoria. Tal vez aquella mujer de la calle Galeana no era únicamente una aparición triste, sino un recordatorio para quienes pasaban frente a ella: ninguna ciudad está hecha solo de calles solitarias, comercios y ruido; también está hecha de pérdidas, de madres que esperan, de nombres que ya no vuelven y de lágrimas que nadie alcanza a mirar. Al final, Níobe sigue llorando porque representa una verdad humana: cuando el alma no encuentra palabras, el cuerpo se convierte en testimonio.
Fuentes de consulta
- “Níobe”, Wikipedia, la enciclopedia libre. Consultado para el resumen del mito, la referencia a Leto, Apolo, Artemisa y la transformación en piedra.
- Ovidio. Metamorfosis. Traducción de Ana Pérez Vega. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. En el Libro VI aparece el episodio de Níobe, madre castigada por su soberbia y transformada en piedra.

