“Hay que imaginarse a Sísifo feliz:
consciente de su piedra, pero no derrotado por ella”.
Albert Camus
Por: Dr. Juan Federico Zuñiga Ramírez
Un día soleado subiendo el cerro del Tepozteco con la mochila al hombro y la pesada carga en el último tramo de esas escaleras metálicas recordé el enorme peso del sobreesfuerzo, y pensé en Sísifo el antiguo rey mitológico, que no es un simple mito, es la representación de la vida moderna.
Sísifo, hombre astuto, ambicioso y desafiante, era capaz de engañar, negociar y torcer las reglas cuando le convenía. Su inteligencia, que quizás podría haber sido una virtud, se convirtió en soberbia cuando decidió desafiar a los dioses, engañando a la muerte.
Cuentan que cuando Sísifo recibió la visita de la muerte, observó los grilletes que llevaba entre las manos y fingiendo curiosidad, le preguntó si aquellas cadenas eran capaces de atrapar a cualquier ser del universo. Luego le pidió que le mostrara cómo funcionaban. Tánatos, personificación de la muerte, cayó en la trampa y accedió a demostrarlo. En ese instante, Sísifo aprovechó su astucia y logró encadenarlo, de modo que, durante un tiempo, ningún ser humano pudo morir.
Antes de morir, Sísifo había preparado una nueva trampa. Le pidió a su esposa que, cuando llegara el momento, no realizara ningún rito funerario: que no enterrara su cuerpo, que no ofreciera honras ni cumpliera con las ceremonias debidas a los muertos. Así, al llegar al Tártaro, se presentó indignado ante los dioses del inframundo y alegó que su esposa había faltado a sus deberes sagrados. Con esa excusa pidió permiso para regresar al mundo de los vivos y corregir aquella ofensa. Los dioses, engañados una vez más por su astucia, le permitieron volver; pero, ya en la tierra, Sísifo se negó a regresar. De ese modo prolongó su vida, burló nuevamente el orden divino y vivió hasta que la muerte volvió a reclamarlo.
Entonces, los dioses al verlo por tercera vez, decidieron castigarlo con una condena ejemplar. Sísifo debía empujar una enorme roca cuesta arriba hasta la cima de una montaña. Pero, cada vez que estaba a punto de lograrlo, la piedra rodaba de nuevo hasta la base de la montaña. Entonces él tenía que descender, colocar las manos sobre la roca y empezar otra vez, por toda la eternidad.
Sisífo no solamente sufre el esfuerzo físico, también la lucidez y capacidad de darse cuenta de que su tarea nunca terminará y nuevamente decide volver a tomarla; allí es cuando haces el mayor de los esfuerzos en tu existencia y por más que te esfuerzas una y otra y otra vez se vuelve una repetición interminable es la lucha humana que va apareciendo sin sentido, la búsqueda clara de la existencia humana, el juego de la meritocracia tratando de lograr que la enorme piedra de la existencia pueda mantenerse en la cima de la montaña.
Cada pensamiento que vuelve una y otra vez hasta convertirse en una piedra interior, a veces toma la forma de un hábito que no logramos romper, un conflicto que se repite, una autoexigencia que no da tregua, miedo al fracaso o necesidad constante de aprobación. Aunque muchas personas no cargan una roca visible, sí empujan dentro de sí pensamientos y emociones que regresan con insistencia: la culpa, la ansiedad, la sensación de no ser suficientes o la impresión de estar atrapadas en una vida que exige demasiado y devuelve muy poco.
Esa piedra puede ser una relación que reproduce las mismas quejas, un trabajo que se vive como condena, una meta perseguida sin preguntarnos si todavía tiene sentido o una narrativa interna que insiste en decirnos: “siempre me pasa lo mismo”. Esforzarse, no siempre garantiza justicia, reconocimiento ni resultados proporcionales, al esfuerzo. Ábrete a una pregunta ¿qué sí puedo elegir?, ¿cuál es el momento de libertad?
No siempre estamos condenados a repetir, a veces repetimos porque aún no hemos encontrado los recursos emocionales para cambiar. Como Sísifo, podemos empujar la piedra una y otra vez, pero también podemos detenernos un instante, mientras descendemos de la montaña, y mirar con conciencia aquello que cargamos. En esa pausa aparece una pregunta esencial: ¿empujo mi piedra por miedo, por costumbre, por mandato ajeno o porque he decidido que ese esfuerzo expresa algo valioso de mí?
¿Vives condenado o en búsqueda de sentido?

