POR JUAN LAGUNAS P.
En el horizonte de las letras hispanoamericanas contemporáneas, Adolfo Castañón se erige como una figura central del humanismo crítico y el recogimiento filológico. Fue un usufructuario inmediato de la usanza enciclopédica de Alfonso Reyes y del rigor meditativo de Octavio Paz.
Su dilatada obra —ensayo, poesía, traducción y crítica bibliográfica— es más que erudición. Para él, la proscripta frontera entre el texto y la vida se diluye en una conversación incesante con los muertos y los vivos. En las obras: Retratos entre niebla y Lugares que pasan, la prosa no busca la imposición dogmática de una teoría, sino la deriva pensante, el paseo letrado y el deslumbre de la incongruencia.
Un palimpsesto inacabable. Su fraseología es álgida: soltura formal sustentada en un dominio impecable del idioma. En la sintaxis, un compás que cohabita con la perspicacia del contemplativo reciente.
Al inspeccionar efigies tutelares de las inclinaciones hispánica y europea (desde Montaigne y Pascal hasta Pedro Henríquez Ureña y Jorge Luis Borges), el autor convoca a sus concernientes a una mesa dialógica habitual.
De ahí, lo siguiente: “Leer no es sólo descifrar un texto; es un acto de hospitalidad: recibir en la propia casa del pensamiento la voz de un extraño”. Floreció como grabado busilis en el Fondo de Cultura Económica; su labor en la Academia Mexicana de la Lengua revela que la literatura es también una subestructura de hilván.
La semántica, la palabra estricta: la preservación del pergamino y el resarcimiento de las genealogías doctas de México y América Latina.
Tuvo una adherencia: la escrupulosidad. Es custodio de un índice en invariable alteración. Detecta soniquetes subyacentes entre los clásicos grecolatinos y el barroco novohispano, extendiendo cigoñales hacia las vanguardias del siglo XX.
Asimismo, hay en él una vertiente poética, que se plasma en El reyezuelo o La cueva del Fénix. Inquiere en la naturaleza del tiempo, la brevedad de la existencia y la transfiguración. En “Aparición”, balbuce:
“Nace de la penumbra la mirada,
el filo tenue de una voz antigua
que no reclama el nombre ni la sombra,
sino la sola luz que la persigue.
Hay en el fondo del silencio un río
que corre sin dejar alguna huella,
y en la mitad de la palabra, el viento
que apaga suavemente las estrellas”.
Nada nace ni sobreviene en la desmesura del retrato resonante. El menoscabo no brota (y se ahoga en el almario). Ergo, en “El árbol de la memoria”:
“Dejar que el tiempo pase
no es perder la semilla,
es ver cómo la rama
busca en el aire a ciegas su medida.
Todo lo que fue dicho
permanece al abrigo de la hoja,
como una cifra fiel que en el crepúsculo
el pensamiento deshoja”.
La vara, perdurablemente antedicha… ¡Ah! La zampoña de ascetismo.

