JUAN LAGUNAS P.
Eugenio Montale (1896-1981) posee un espacio al nivel de T. S. Eliot. Su elegía emergió en el periodo de entreguerras: un tiempo en que los nacimientos de la civilización occidental se resquebraban bajo el peso de los totalitarismos, la crisis de los absolutos y el desaliento histórico.
Frente al triunfalismo lenguaraz, aquél optó por el desfalco. Su poesía se anega en la sacudida de la irresolución. Convirtió el tedio existencial, la aridez del horizonte ligur y la conciencia del límite humano en recapitulaciones de nomenclaturas de otro hemisferio (el mismo: el de la declinación: en el que subrayo).
En “Huesos de sepia” (1925), establece con precisión curativa el dejo de su desorganización. El título evoca los restos calcáreos que el mar arroja a la orilla: objetos marinos vaciados, adustos, desgastados por el escarceo despiadado de la preexistencia. En ese poemario, la campiña litoral de indumentaria es salinidad.
La emblemática composición: «No nos pidas la palabra»; ésta extracta el ostensible idílico de esta fase. El trovador hace abdicación de inmediato a la exigencia de revelar verdades absolutas o de poseer un procedimiento pasmoso que revele el desconcierto del cosmos:
“No nos pidas la palabra que contenga por entero
nuestro ánimo sin forma y con letras de fuego…”.
Para Montale, la poesía moderna ya no puede ser la ermita de las ordinarieces, sino: «una sílaba torcida y seca como una rama». La existencia misma se experimenta a través de lo que él denominó célebremente el «mal de vivir», una opresión sorda que impregna cada rastro cotidiano:
“Muchas veces he hallado el dolor de vivir:
era el estrangulado arroyo gorgoteante,
era el arrugamiento de la hoja
que arde, era el caballo derribado”.
Laicismo. Fugacidad: instante de vaciamiento donde la nada asoma detrás de las apariencias:
“Tal vez una mañana, andando en un aire de vidrio,
árido, al volverme veré cumplirse el milagro:
la nada a mis espaldas, el vacío detrás…”.
En “Las ocasiones” (1939), él es más de nada. Adopta con maestría el concepto del correlativo objetivo (afín a T. S. Eliot): las emociones abstractas no se nombran de manera directa: se encarnan en objetos concretos, situaciones sensibles y presencias femeninas que actúan como faros en la tiniebla.
Surge así la figura de Clizia (pseudónimo de la intelectual Irma Brandeis), una criatura solar, intelectual y angélica que se opone a la barbarie histórica mediante la fuerza de la cultura y la lucidez espiritual. (Tengo amargura).

