POR JUAN LAGUNAS P.
La palabra idílica de Clarice Lispector atrae. Desbarata. Es un olvido en la soledad del abandono. Acaba en el principio del comienzo (donde el desorden imperaba): abismo de lo insondable: antes de la gramática o la lógica.
En “Tengo miedo de escribir”, la poetisa se muestra dentro de la angustia (en la que no hay salida aparente):
“Es tan peligroso.
Exige un coraje que no sé si tengo».
Para ella, poner la palabra en el papel equivale a descorrer un velo sobre el caos constitutivo del mundo. El miedo nace de la incapacidad de vivir: una presencia irrevocable. Continúa:
“Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar”.
Los ojos abiertos son un riesgo. La voz, el pensamiento… Las manos. Tú. La transgresión surge de cualquier lado y va, sin compasión, hacia el derrumbamiento de la sinceridad.
En sí, la escritura clariceana busca capturar el instante-instante, ese fragmento de tiempo puro donde la realidad se desborda. Escribir da miedo porque obliga al autor y al lector a abandonar las certezas cotidianas y a mirar de frente el silencio, la muerte y el misterio de ser.
El vocablo rehúsa. Evidencia. Infunde… vulnera. Así:
“Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso, de él extraigo sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras. ¿Cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo”.
Para Clarice, la palabra escrita es una manivela quebradiza sobre un despeñadero. No busca describir la realidad de manera externa; se funde. Empero, ese intento conlleva una renuncia: el lenguaje humano es limitado, y, al intentar atrapar la verdad, ésta busca un efugio (sin lograrlo). ¿Qué diré de eso?
“El mundanal: la calma perdida”. (Yo).
Escribir es, en definitiva, una forma de exposición total. Como sugiere el poema, la autora se despoja de sus protecciones para entregarse a una carilla en níveo, con función dual: espejo y timo
El caos literario de Clarice Lispector nos enseña que la literatura nace siempre de la herida y el asombro. Su poema.
No debo vivir. Mi momento es Cristo (para siempre).

