La deuda viva de la campana: 216 años de afromexicanidad invisible.
Por: Francisco Mariano Pérez
Cada quince de septiembre, el eco de la campana de Dolores resuena en las plazas públicas de México. El ritual es exacto, casi coreográfico: el poder en turno sale al balcón, ondea la bandera y lanza vivas a los héroes que nos dieron patria. Sin embargo, en el inventario oficial de la memoria, hay nombres, rostros y pueblos enteros que se desvanecen entre los pliegues de la historia oficial. A 216 años del inicio de la gesta independentista, es urgente cuestionar a quiénes estamos nombrando en esas arengas y, sobre todo, a quiénes seguimos condenando al silencio.
Vicente Guerrero y José María Morelos y Pavón son pilares innegables de nuestra emancipación; sus venas portaban la herencia de la diáspora africana. No obstante, el discurso oficial suele blanquear sus figuras o asimilarlas en el concepto homogéneo del mestizaje, despojándolos de su identidad negra. Incluir a los afromexicanos en las arengas del Grito no debe ser un acto de condescendencia retórica ni una moda de corrección política. Debe ser un acto de estricta justicia histórica para una población que derramó su sangre en los campos de batalla para fundar una nación que, paradójicamente, procedió a borrarlos de sus leyes y de su imaginario colectivo. Es verdad que se han logrado avances legales que no se pueden ignorar. El año 2019 marcó un hito con el reconocimiento constitucional de la tercera raíz en el artículo segundo de nuestra Carta Magna. Aquel logro se sintió como el fin de un largo exilio jurídico. La reciente inclusión de la proclama “¡Vivan los pueblos indígenas y los pueblos afromexicanos!” por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en la máxima tribuna del país pretende avanzar en esa dirección. No obstante, desde una mirada crítica, este gesto abre un debate profundo sobre el neocolonialismo cultural: ¿es un reconocimiento real o una asimilación folclórica desde el poder?
Reducir las demandas estructurales a un «viva» anual corre el riesgo de caer en una retórica clasista que adorna los discursos, pero deja intacta la exclusión cotidiana. Años después del reconocimiento formal, el balance sigue siendo amargo. La inclusión constitucional y los gritos desde el balcón presidencial no se han traducido en una ciudadanía plena, sino en una persistente invisibilidad política, social y cultural. Las infancias afromexicanas siguen creciendo con libros de texto que reducen su herencia a la categoría de «esclavos», como si su historia hubiera terminado en 1810. En el plano político, sus liderazgos siguen siendo periféricos, y en lo social, la discriminación estructural perpetúa condiciones de marginación económica severas. Por ello, el Grito de Independencia no puede seguir siendo solo una fiesta de orgullo ciego. Celebrar la libertad hoy exige reclamar que la independencia sigue incompleta mientras la raíz negra de México deba seguir luchando por existir a los ojos del Estado que ayudó a construir.