POR: DR. JUAN FEDERICO ZUÑIGA RAMÍREZ
«Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte».— Jorge Luis Borges, “El inmortal”
Mientras caminaba por Tepoztlán, Morelos, me llamó la atención la cantidad de clínicas, masajes y tratamientos que prometen rejuvenecer. Entonces pensé: ¿por qué deseamos tanto conservar la juventud? Quizá detrás de estas promesas se esconde la antigua ilusión de vencer al tiempo y permanecer eternamente jóvenes. Pero, aun si pudiéramos alcanzar la inmortalidad, ¿valdría la pena vivir para siempre si no tuviéramos con quién compartir esa existencia? Esta pregunta nos conduce al mito de Titono y Eos, una historia que muestra que prolongar la vida no garantiza conservar su sentido.
Eos era una titánide, hija de Hiperión y Tea, y hermana de Helios, el Sol, y Selene, la Luna. En alusión a su función en el universo, cada mañana salía de su palacio, situado en los confines del océano, para abrir las puertas del día y anunciar la llegada del Sol con los tonos rosados y dorados de la aurora. Se cuenta que, al contemplar al príncipe troyano Titono, hijo del rey Laomedonte, quedó cautivada por su juventud y belleza y decidió llevarlo a vivir con ella. Sin embargo, como Eos era inmortal y Titono no, la diosa temió perder a su amado y suplicó a Zeus que le concediera la existencia eterna. En la prisa del amor, olvidó pedir también la juventud perpetua. Así, mientras Eos permanecía eternamente joven, Titono envejeció lentamente sin poder morir: perdió la fuerza, la voz y la posibilidad de interactuar con el mundo, hasta que finalmente fue transformado en cigarra.
Desde una lectura psicológica, el mito de Eos y Titono expresa una fantasía universal: el deseo de conservar para siempre aquello que amamos. ¿Alguna vez has pensado que el amor puede ser eterno? El error de Eos no nace de la falta de amor, sino de un amor dominado por el miedo a la pérdida. Cuando intentamos atrapar aquello que creemos amar, confundimos la plenitud con la mera permanencia. Eos desea impedir la separación, pero su propio deseo acaba alejándola del Titono que amaba: el paso del tiempo vuelve imposible la reciprocidad de las caricias que despiertan el impulso de ser.
El destino de Titono puede leerse también como una imagen de la ansiedad que surge al amar a un ser hermoso, dotado de alas que invitan a volar, pero de naturaleza distinta: Eos no envejece ni parece madurar y desea verlo siempre igual. Titono continúa existiendo, pero cada vez se reconoce menos en aquello que había deseado. Su tragedia consiste en habitar un cuerpo envejecido y quedar atrapado en una duración que ya no ofrece renovación ni cierre.
El mito, nacido desde la aurora, nos hace pensar que una vida mejor no es simplemente una vida más larga. La finitud no es sólo una desgracia: también da forma a nuestras elecciones. Precisamente porque sólo podemos amar durante un tiempo limitado, priorizamos, prometemos, cuidamos y otorgamos trascendencia a cada momento. Titono posee una cantidad ilimitada de tiempo, pero pierde la calidad que permite habitarlo con sentido.
La formulación de nuestros deseos exige mirar más allá del resultado inmediato. Eos sólo piensa en no perder a Titono, pero no considera las condiciones que harían valiosa esa existencia. Algo semejante ocurre cuando perseguimos el éxito sin descanso, la tecnología sin responsabilidad o la longevidad sin bienestar. Desear con discernimiento exige anticipar las consecuencias, calcular el impacto, reconocer la vulnerabilidad humana y preguntarnos no sólo ¿puedo obtenerlo?, sino también ¿qué forma tendrá esa existencia?
En esta era posmoderna, fascinada y casi extasiada por prolongar la juventud y vencer el tiempo, Titono y Eos conservan una incómoda actualidad. El mito no nos invita a despreciar la vida, sino a distinguir entre existir y vivir completamente. Tal vez la verdadera sabiduría consista en aceptar que amar no es congelar al otro, que toda existencia necesita transformaciones y que los límites, lejos de restar sentido, pueden hacerlo posible. Eos trae cada mañana un nuevo comienzo, una posibilidad, mientras Titono nos recuerda la ambivalencia humana; por eso, al final, se convierte en una cigarra. ¿Y tú, cómo intentas retener aquello que amas?
Bibliografía
Borges, J. L. (2011). El Aleph. Debolsillo.
Homero. (1978). Himnos homéricos: Himno a Afrodita (A. Bernabé Pajares, Trad.). Gredos.
Graves, R. (2024). Los mitos griegos, 1 (E. Gómez Parro, Trad.). Alianza Editorial.
Reyes, A. (2018). Mitología griega. Fondo de Cultura Económica.
Vernant, J.-P. (2020). Érase una vez… El universo, los dioses, los hombres: Un relato de los mitos griegos (D. Zadunaisky, Trad.; 3.ª ed.). Fondo de Cultura Económica.

