Dr. JUAN FEDERICO ZÚÑIGA RAMÍREZ
El mito es la puerta antigua de arcos de oro por la que la conciencia entra a conversar con la noche.
Al inicio de los tiempos, en ese tiempo íntimo que comienza cuando alguien se atreve a preguntar, estaba sentado en un pueblo mágico, justo sobre la punta de la Tierra, quizá sobre su nariz. Desde allí, el mundo parecía inclinarse hacia el cielo a observar la luna. Frente a mí se alzaba una iglesia de piedra, custodiada por un viejo portón y una entrada en forma de arco. La madera guardaba cicatrices; la cantera, sombras, la Luna derramaba una claridad como la vela derrama cera, como si hubiese quedado prendida de las torres. Entonces me pregunté: ¿cuál es el origen de ese brillo mágico?
Existen luces que percibimos con los ojos y otras que la conciencia para no quedarse sola ante lo inmenso, infinito. Los griegos llamaron Febe a una de esas claridades, significa, la brillante, o la radiante. Hija de Gea, la Tierra, y de Urano, el Cielo, fue una de las antiguas titánides, nacidas cuando el universo todavía parecía una familia desmesurada que intentaba imponerle un orden al caos.
El mito puede leerse como un espejo: proyectamos sobre la noche aquello que no conseguimos nombrar durante el día, en la imagen de la conciencia lúcida. La Luna recibe una luz ajena y la devuelve transformada, más fría y silenciosa; del mismo modo, la mente recibe experiencias, temores y deseos, y los devuelve convertidos en símbolos. Febe encarna esa operación interior. La mente o confusión revela algo profundo: necesitamos darle un rostro a la luz para develar el poner un pie en el mágico universo.
Febe, la luz, se unió a Ceo, el eje cósmico, Ceo ha sido relacionado con la inteligencia inquisitiva, juntas componen una imagen que perfora la oscuridad y se convierte Febe en destello que permite orientarse. Toda conciencia madura oscila entre ambos titanes, dando respuesta o guía al infinito de las posibilidades.
De Febe y Ceo nacieron Leto y Asteria, Leto sería madre de Apolo y Artemisa; Asteria, de Hécate. La genealogía parece un mapa trazado sobre la noche: Apolo es la claridad que ordena y pronuncia; Artemisa, el pulso indómito de la naturaleza; Hécate, el saber de los umbrales y las encrucijadas, de la magia. Representan tres maneras de atravesar la incertidumbre: comprender, autonomía y aceptar que toda decisión abre un camino mientras cierra otros.
Volví a mirar el portón en silencio, reconozco que todo arco propone un tránsito: separa dos espacios y al mismo tiempo los comunica, como San Juan bautista y evangelista. Así funcionaban también los oráculos. En una tradición narrada por Esquilo, el santuario de Delfos pasó de Gea a Temis, de Temis a Febe y de Febe a Apolo. No se heredaba únicamente un recinto, sino una forma de escuchar lo invisible, escucha la eternidad como una guía infinita. El oráculo no suprimía la angustia de elegir: le daba lenguaje, lo nombra. También nosotros llegamos a ciertas puertas buscando una voz exterior, cuando quizá solo esperamos permiso para escuchar la voz que ya habita en nosotros.
Febe entregó el oráculo a su nieto Apolo; entregar, ceder no siempre significa perder, puede ser el acto mediante el cual una identidad deja de aferrarse a su antigua función y permite que algo nuevo nazca. La madurez no consiste en ocupar eternamente el centro del escenario, sino en reconocer cuándo nuestra luz debe viajar hacia otra persona, otra generación o una obra que habrá de sobrevivirnos, hacernos la eterna guía de la compresión humana.
Febe no tiene una muerte trágica simplemente se retira, como la Luna cuando el alba borra su contorno, para que la mirada evoque el nuevo día o la transición entre las penumbras y la luz no equivale a dejar de existir. Su resplandor continúa en Apolo, Artemisa y Hécate, donde claramente la libertad e hipérbole se dejan cruzar por la intuición.
Sentado todavía en la nariz de la Tierra, comprendí que el brillo mágico de la Luna tenía dos orígenes. Uno estaba en el Sol y podía medirse; el otro nacía en nosotros y solo podía narrarse. La iglesia, el arco y el viejo portón seguían siendo los mismos, pero yo había cambiado: ya no veía la noche como una ausencia, sino como una superficie dispuesta a devolver la luz, quizá por eso sobreviven los mitos, la Luna es memoria, no fabrica la verdad, pero reflejan una claridad para que cada ser encuentre, en medio de su propia oscuridad, el camino de regreso a sí mismo. ¡Mira, observa la Luna!
BIBLIOGRAFÍA
Esquilo. Las Euménides, en Orestíada. Varias ediciones en español, entre ellas Gredos y Alianza Editorial.
Hesíodo. Teogonía. Madrid: Gredos, edición en español de 2024.
Grimal, Pierre. Diccionario de mitología griega y romana. Traducción de Francisco Payarols. México: Paidós, 2014.
Jung, Carl Gustav. El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós, diversas ediciones en español.

