A Ale (amada inolvidable).
JUAN LAGUNAS P.
El plectro romántico hispanoamericano vislumbró fecundidad en el precipicio de la impaciencia amorosa. (Suspensión. En tanto, el sol no sale. Es un día de retraso. El celaje está solo, esperando el aire y… el lamento inaudito).
Una, viva aún, muriendo en el descuido. El otro, en un sepulcro desatendido; en un osario umbrío, sin indulgencia.
Retorno. Lejos del tono grandilocuente o político que a menudo caracterizó a las letras centroamericanas del siglo XIX, la figura del guatemalteco José Batres Montúfar resplandece.
En «Yo pienso en ti» se nota la intensidad de la agonía de la distancia. O, lo peor: la nostalgia de la ausencia, que será así: un instante perdurable. ¿Duración? No hay. Si acaso, la extenuación (en la mañana y en la tarde). En suma, este vate romántico imposibilita el ascenso de la dicha:
«Yo pienso en ti, tú vives en mi mente
sola, fija, sin tregua, a toda hora (…)”.
El uso de los adverbios y adjetivos inmovilizados (sola, fija, sin tregua) revela que el sujeto lírico recuerda a la amada; padece su presencia mental como una fuerza ineludible. Al fin, el pensamiento es involuntario, sin memoria; simple posesión: el día de antes: la semana pasada: el primer beso, que se prolonga (en los años fijos, que suceden).
Ella es la cognición. Me desplaza, cuando habla. Me abraza y, en seguida, no puedo desasirme de sus manos: son jaeces: bejucos de piel. Hoy, solo. Camino hacia el camposanto.
Uno de los momentos álgidos es la comparación de la amada con un relámpago que ilumina una «bóveda sombría» y un «roto mármol de una sepultura». Intersticio: sus ojos relucen, ciegan… Ahí quedé, inanimado: exánime: enamorado (desde…). Existes plenamente allá (en la discordancia de la infinitud momentánea de la persistencia detenida). Si estuvieras aquí, en mi costado, tu luminiscencia tendría que disiparse. La aparición de ti es el demiurgo inalcanzable. El «vano estrépito del mundo».
Para aquél, la realidad exterior (la sociedad, la política, la vida cotidiana) es ruidosa, vacía y desprovista de significado. En contraposición, el silencio es perlesía. Su corazón se «embarga y se enajena». La «melodía de tu nombre» es lo único que tiene consistencia real, oscilando como algo «moribundo» en medio de la insuficiencia.
No hay «lucha», no hay «afán», ni «ciego frenesí». Al igual que él, no la quiero para poseerla, sino por necesidad de gravitación.
“Callado, inerte, en estupor profundo,
mi corazón se embarga y se enajena,
y allá en su centro vibra moribundo
cuando entre el vano estrépito del mundo
la melodía de tu nombre suena”.
¿Qué hago dentro de la saetilla giratoria? Esperarte…

