A mi hermano Rosalío.
JUAN LAGUNAS P.
Anduve infecundo, con ella; buscando un sitio para atemperar el desabrimiento. El giro fue inmisericorde: sin sentido: de inutilidad. Entonces, en la penumbra, Villaurrutia: el repliegue de signos: descomposición.
La muerte sin vida: el sueño. Desde sus primeros poemas hasta la cumbre de “Nostalgia de la muerte” (1938), el vate cimenta un sistema de dechados -donde los conceptos abstractos adquieren consistencia-.
La velación se opone: desvanece: el impedimento. La contención… El aedo recurre a la disposición de filología para inmovilizar un despeñadero. En “Nocturno de mar” apetece:
“El agua interior que no se agita con el viento
ni conoce el alivio de la espuma,
un oleaje antiguo y ciego que recorre el cuerpo
desde antes de nacer,
como un veneno lento que prolonga la vida
solo para hacer más hondo el dolor”.
Al contradecir «el viento» y «la espuma», este mar no es el desahogo extrínseco de las indolencias, sino la reguera sanguínea de la pretensión. El devaneo antediluviano: deslumbrado: dormitorio incisivo, donde la compatibilidad es reprobación. Y:
“Un mar confinado en las paredes de la sangre,
esclavo de sus propias orillas,
que teje en la sombra un tejido silencioso
con hilos de nervios y latidos,
arrastrando los despojos de los sueños
y guardando celosamente el secreto
de un naufragio invisible”.
El confinamiento hematológico y la inmanencia. Digresión de enflaquecimiento: presidio: atrofia. (Segismundo… Atrio pagano, despreciable). Tisular: urdimbre sináptica. La subrepticia anuencia: ruina desaparecida: aspiración lucífera. Incomprensibilidad. En “Nocturno en que habla la muerte”:
“Si la muerte se aloja en el fondo de un espejo,
si la muerte nos mira con los ojos abiertos
de la estatua que fuimos,
del niño que dormía en nuestros brazos
y que ahora es un extraño con frío y sin memoria;
si la muerte es apenas un hálito,
un soplo que apaga la pequeña luz de la vigilia,
entonces es preciso cerrar los ojos
para mirar mejor lo que la sombra oculta:
un país donde nunca pasa nada
y donde la memoria se disuelve
hasta quedar reducida al silencio
de una piedra que cae en el olvido”.
Asechanza tautológica: tus manos, Ale, en que no vives.

