“A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado.”
Dante Alighieri, Divina Comedia, Infierno, Canto I.
Por Dr. Juan Federico Zuñiga Ramírez.
Hay mitos eternos porque explican el mundo y otros porque explican al ser, Hades y Perséfone explican a ambas formas de permanencia. Pensarlo desde una caminata por Tlaltizapán entre bugambilias, las jacarandas y los cañaverales; pero al bajar por una barranca, entre piedra, humedad y raíces, aparece otra tierra, más silenciosa y profunda.
Así inicia el mito: Perséfone, hija de Deméter, diosa de la fertilidad y las cosechas, recoge flores cuando Hades, señor del inframundo, la lleva consigo a su reino subterráneo. La escena es dualidad de sombras y luz: una joven desciende a un territorio que Hades construye como mapa del alma, con el Érebo como umbral de entrada, los Campos de Asfódelos como llanura de las vidas comunes, los Campos Elíseos como descanso de los justos y el Tártaro como profundidad del castigo. No solo es un rapto, es el descenso de una arquitectura simbólica de lo inconsciente.
Deméter, devastada por la ausencia de su hija, retira su fuerza fecunda de la tierra y los campos se secan, las semillas callan y el mundo conoce un invierno absoluto, así inician las estaciones, pero también nos revela cuando algo amado se pierde, la psique entera entra en pausa en invierno, se conoce como depresión.
Zeus interviene para restaurar el equilibrio, pero Perséfone ha probado la granada del inframundo, fruto rojo que la une para siempre a Hades y condensa la paradoja, fertilidad y muerte, deseo y consecuencia, vida que germina desde lo oscuro, semillas que funcionan como marca de pertenencia y como memoria del descenso, por eso representan el inframundo, el descenso a la cueva del universo interno.
Al comerla, Perséfone incorpora el dominio subterráneo para sí: acepta, la experiencia que forma parte de su identidad, la semilla es la vivencia incorporación y a la conciencia, es aquello que se prueba una vez ya no puede desconocerse, lo reconoces en la eternidad.
Por esta disputa entre Hades y Demeter se acuerda que Perséfone pasará una parte del año con su madre y otra en el inframundo, así cuando asciende, la tierra florece; cuando desciende, llega el invierno. De esta manera tan hermosa de alternancia presencia y ausencia, expansión y recogimiento, luz y sombra, somos la esencia de funcionamiento en la vida psíquica.
Perséfone, antes del descenso, encarna la juventud, la vitalidad flor unida al tallo, la vida que todavía no conoce la fractura mientras Hades, en cambio, representa el límite, lo que se encuentra bajo la tierra y bajo la conciencia, es decir, el subconsciente el reino del silencio, la memoria enterrada y la verdad inevitable de que todo lo vivo está destinado a transformarse, son los antiguos límites del universo.
Es donde reposan los deseos negados, duelos no elaborados, miedos y contradicciones, ella no baja solo al reino de Hades regresa a su hogar a lo que convive con los límites del inframundo 4 reinos eternos y desciende hacia una zona desconocida de sí misma se llama alma, eternidad, intuición, actos fallidos, somatización, catarsis, escotoma, experiencias numinosas y entonces la primavera descubre que también lleva dentro una estación oscura, dualidad, andrógina.
Toda maduración implica una pérdida, Peter pan nadie se vuelve adulto solo por acumular experiencias, atravesar por el reino de las sombras, incertidumbre, duelo y contradicción, Hades simboliza la inevitable espera detrás de cada idealización, porque lo que se reprime retorna a ti como el oroborus.
Perséfone eterna e inmortal subconciencia en el tiempo se convierte en reina del inframundo, su traslación no borra la violencia del rapto ni las estructuras de poder que lo rodean, pero permite ver cómo una identidad puede nacer desde una experiencia de quebranto, para habitar la frontera y mediar entre la eternidad inconsciente y la magia de la fuente de la eterna juventud.
Como en una caminata en la carretera de Tlaltizapán, descender no significa destruirse, sino entrar en contacto con aquello que sostiene la vida desde las sombras de nuestro ser, bajo la tierra, la semilla trabaja en secreto, porque tiene vida por sí misma. Perséfone no destruye la sombra ni queda atrapada en ella, aprende a atravesarla es el viaje eterno de los ciclos de la mente, así tu ser entre la flor y la noche, entre la semilla y la tumba, debe descender alguna vez a las regiones ocultas de su alma.
Bibliografía
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Vernant, Jean-Pierre. El universo, los dioses y los hombres. Anagrama.
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Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Fondo de Cultura Económica.
Eliade, Mircea. Mito y realidad. Kairós.
Calle Madrid, Carlos Alfonso. El inconsciente y los sueños: correspondencia con el Hades griego. Universidad Cooperativa de Colombia.

