México después del Mundial: la fiesta que pasa y el país que permanece
Por: Bertha Castañeda
El silencio de los estadios ya reemplazó los gritos de gol. Las banderas que colgaban en las fachadas de la Megalópolis se guardan en armarios o se decoloran con el sol. Pero México no termina con el último partido: apenas empieza la cuenta de lo que quedó, y de lo que se perdió en el camino. El Mundial fue un escaparate, pero también un espejo: mostró nuestra capacidad de celebrar juntos, pero también las mismas brechas, las mismas promesas incumplidas y la misma urgencia de no dejar que la fiesta borre la realidad que nos espera al día siguiente.
El legado de las obras: promesas que pesan más que los trofeos
Antes del primer silbatazo, la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) anunció una inversión nacional de 2 mil millones de pesos para la estrategia federal denominada «Mundial Social 2026» la cual contemplaba construcción y rehabilitación de 1,200 canchas de fútbol y espacios comunitarios en las distintas entidades federativas.
El objetivo es usar el impulso del Mundial de Fútbol como un catalizador para reconstruir el tejido social, alejar a los jóvenes de la violencia y promover estilos de vida saludables.
En conjunto con otras dependencias, el programa federal de infraestructura deportiva busca dejar un legado permanente en las comunidades de México más allá del torneo internacional. En Morelos, el programa Mundial Social 2026 contempló un plan maestro de 47 obras deportivas distribuidas de manera estratégica a lo largo de 30 municipios del estado. Al corte del 9 de julio de 2026, el Gobierno de Morelos y la Sedatu solo han entregado 9 espacios deportivos terminados, pese a haber declarado que se alcanzó la meta general nacional.
Economía y turismo: el auge que se fue sin dejar raíces
Las proyecciones oficiales de la Secretaría de Turismo (Sectur) apuntaban a un impacto histórico para México durante la Copa Mundial de la FIFA 2026, colocando al turismo deportivo en el centro de la economía nacional. Sin embargo, al concluir el torneo, los balances mostraron una realidad con matices interesantes.
Mientras que las cifras estimadas por la dependencia contemplaban cifras de esa magnitud o superiores a los miles de millones de dólares, con reportes oficiales e iniciativas que superaron los 66 mil millones de pesos solo en la Ciudad de México, los análisis privados, como el de la consultora Deloitte, posteriores al torneo indicaron que el impacto financiero directo rondó los 45 mil millones de pesos y primó el consumo interno y turismo local.
“El Mundial no cambiará estructuralmente la trayectoria de la economía mexicana”, afirmó Humberto Calzada, economista en jefe de Rankia, al señalar que será solo un estímulo de corto plazo para una economía que el Gobierno prevé crecerá entre 1.8% y 2.8% este año, por encima del 1.1% esperado por analistas.
Espejito, espejito ¿cuál es tu veredicto?
Más allá de las cifras y las quejas, hubo algo que permanece: la capacidad de los mexicanos para encontrarse como iguales. En las calles, en las pantallas públicas, en las casas, se recuperó esa sensación de pertenencia. El reto es no dejar que esa solidaridad se quede solo en los días de fiesta, porque la Megalópolis sigue con sus mismos problemas: el transporte público colapsado, la inseguridad que golpea a los barrios populares, la desigualdad que separa a quienes pueden ir al estadio de quienes solo pueden verlo por la televisión.
El Mundial nos mostró que sí podemos organizarnos, que sí podemos movilizar recursos y voluntades. La pregunta que queda flotando en el aire, mientras las calles recuperan su ritmo habitual, es: ¿seremos capaces de usar esa misma fuerza para construir el país que merecemos, más allá de los goles y las celebraciones?

