Dr. Juan Federico Zuñiga Ramírez
“La bondad es el lenguaje que los sordos pueden oír y los ciegos pueden ver.”
Mark Twain
Recuerdo a mi abuela Altagracia Ruiz Velazco, nacida en la entonces pequeña ciudad de Jojutla, llevándonos una y otra vez hacia el lago de Tequesquitengo, quien nos conducía no solo a un paisaje, sino a una memoria sumergida. En el camino nos contaba que bajo aquellas aguas dormía un pueblo antiguo, y yo miraba, con asombro de niño, la cruz que se levantaba en medio del lago, hasta que el tiempo —y el golpe de una lancha— terminó por quebrarla. Años después, al volver por esa ruta en camión y asomarme por la ventana, aquel espejo de agua me devolvió la voz de mi abuela y, con ella, el recuerdo de Filemón y Baucis, ese antiguo mito en el que la hospitalidad convierte una casa humilde en lugar sagrado.
Según el antiguo relato de Ovidio en Las metamorfosis, una tarde fría, cuando el invierno parecía respirar sobre los caminos, Zeus y Hermes descendieron al mundo cubiertos con los ropajes pobres de los mendigos. No llegaron con truenos ni coronas, sino con el cansancio de los viajeros que buscan techo y un poco de piedad. Tocaron muchas puertas en aquel pueblo, como si quisieran medir el tamaño del corazón de los hombres; pero una tras otra se cerró lentamente, con ese silencio duro de quien no desea mirar la necesidad ajena. Solo Filemón y Baucis, ancianos ya gastados por los días, pero iluminados por una bondad antigua, abrieron su casa pequeña, limpia y perfumada a madera. No tenían abundancia que ofrecer, pero pusieron sobre la mesa lo que había: comida sencilla, salsa en molcajete, vino humilde y, sobre todo, una atención sincera de esas que vuelven sagrado cualquier refugio.
Entonces ocurrió el prodigio: Baucis advirtió que la jarra de barro pintada a mano no se agotaba jamás, aunque sus manos ancianas la inclinaran una y otra vez sobre los vasos de los visitantes. En ese instante, como si un velo se abriera en medio de la casa, comprendió que aquellos caminantes cubiertos de polvo no eran simples hombres, sino dioses escondidos bajo la apariencia de la necesidad. Filemón y Baucis, lejos de ufanarse por su bondad, sintieron vergüenza de no haber ofrecido algo más digno, algo más alto, algo más puro. Pero justamente ahí resplandeció la nobleza de su gesto: dieron sin cálculo, sin esperanza de premio, sin sospechar que atendían a lo divino; dieron porque para ellos la compasión no era una ceremonia, sino una costumbre del alma.
Entonces, los dioses, ya revelados en su resplandor, miraron hacia el pueblo que les había negado una silla, un pan, una palabra de abrigo. No decidieron la ruina con furia estruendosa, sino con esa gravedad antigua de quienes han comprobado que un lugar puede empobrecerse no por falta de oro, sino por falta de compasión. Tomaron de la mano a Filemón y Baucis y les ordenaron subir con ellos hasta la cima del peñón, sin volver la vista atrás, mientras el valle quedaba abajo, hundido en su propio silencio. Cuando los ancianos llegaron a lo alto y miraron por fin, vieron que las aguas habían despertado como una memoria castigadora: crecían por las calles, trepaban los umbrales, borraban los techos y apagaban las voces de las casas que antes se habían cerrado. El pueblo entero quedó cubierto por la inundación, pero la humilde cabaña de los esposos permaneció en pie y fue transformada en templo. Allí, entre el agua y la piedra, los dioses salvaron a Filemón y Baucis, les concedieron un deseo, y ellos pidieron permanecer juntos hasta el último aliento. Cuando llegó la hora final, fueron convertidos en dos árboles unidos: él en roble y ella en tilo, símbolos de fuerza, ternura y fidelidad, así desde entonces puede verse en el lago de Tequesquitengo un árbol con forma de una pareja y al lado una pequeña casa que en realidad es un templo eterno.
Este mito griego, filtrado por la fantasía infantil, refleja la capacidad de mirar al desconocido con compasión. En Filemón y Baucis, imaginaron que los dioses podían llegar disfrazados de necesidad. Tal vez hoy no haga falta creer en dioses caminantes para entender la lección: cada persona que pide ayuda pone a prueba nuestra humanidad.
En tiempos en que abrir la puerta parece un gesto cada vez más raro, el mito nos recuerda que la grandeza humana no siempre vive en los palacios, sino en las casas más sencillas, donde todavía queda lugar para el otro.
¿y tú a quién le cierras la puerta de tu mente?
Fuentes de consulta
- Ovidio. Las metamorfosis, Libro VIII. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, traducción al español de Ana Pérez Vega.
- Ovidio. “Filemón y Baucis”. Ciudad Seva, texto completo en español.
- “Filemón y Baucis”. Wikipedia, la enciclopedia libre, artículo de consulta general sobre el mito y sus referencias clásicas.
- “Filemón y Baucis”. Wikisource, entrada del Curso de Mitología.

