Turismo: la gran promesa incumplida y la imagen que el mundo vio
Por: Bertha Castañeda
Todo estaba calculado con aparente precisión. Meses antes del inicio del campeonato mundial, las cámaras empresariales y las autoridades presentaban proyecciones que parecían garantizar un hito histórico para la capital: la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo (Canaco CDMX) estimó la llegada de 1 millón 168 mil turistas adicionales, una derrama económica directa de 26 mil 280 millones de pesos, un gasto promedio por visitante de 22 mil 500 pesos y la creación de entre 70 mil y 90 mil empleos temporales.
Por su parte, organismos oficiales y del sector hotelero llegaron a hablar de ocupaciones cercanas al 95 a 100% en fechas clave, como eventos de Fórmula 1 y Día de Muertos. Pero la realidad se presentó fría y contundente:
“Se esperaba que durante esta justa mundialista nosotros tuviéramos una ocupación un poco mayor a esta cifra, sin embargo ahora se está quedando cerca del 65%, muy parecido a un fin de semana”, explicó Jessica Guevara, presidenta de Turismo en la Confederación Patronal de la República Mexicana de Ciudad de México (Coparmex CDMX).
Datos de Coparmex CDMX revelaron que la ocupación hotelera en el día del partido inaugural apenas alcanzó el 65% muy lejos del 80 a100% esperado y en promedio ronda entre 57 y 60% durante el torneo.
¡Paren el mundial, que quiero protestar!
Respecto a los más de mil establecimientos afectados por marchas y bloqueos diversos, en el corredor Reforma y Centro Histórico, Claudia Ramírez del Palacio, presidenta ejecutiva de Canirac, expreso que: “El 94% (de negocios) ha reportado afectaciones directas por bloqueos y cierres viales, prácticamente nueve de cada 10 establecimientos se han visto afectados en su operación. (…) No solo ese día (de la inauguración del Mundial), cuatro de cada 10 restaurantes nos ha dicho que ha tenido afectaciones por más de una semana”.
En días recientes, la calificadora Moody’s local dio a conocer su estimación de que a las tres sedes mundialistas: Ciudad de México, Nuevo León y Jalisco llegarán alrededor de 768 mil turistas, de los cuales 521 mil serían nacionales y solo 247 mil extranjeros. Esta cifra contrasta drásticamente con la meta ambiciosa que la Secretaría de Turismo había previsto para todo el desarrollo del torneo: la llegada de 5.5 millones de turistas en total. La brecha entre lo proyectado y lo que realmente se prevé recibir es inmensa y revela desde el inicio la magnitud del incumplimiento.
Un pastel mal repartido
Pequeños negocios, que esperaban duplicar o triplicar sus ventas, reportan caídas del 20 al 30% respecto a temporadas altas normales, mientras la propia cámara alerta que lo poco que circula se concentra en grandes cadenas, dejando al margen al comercio tradicional.
Lo que debía ser fiesta económica se ha convertido, para miles de emprendedores, en frustración y pérdidas.
¡El Ángel se descontroló!
En lugar de una imagen de éxito, lo que viajó por el mundo fue la estampa de una ciudad que pierde el control sobre sí misma.
El primer golpe contundente llegó justo cuando debía haber orgullo y alegría: tras el triunfo de la selección nacional contra Corea. El Ángel de la Independencia, monumento ícono de la identidad mexicana y punto de encuentro por excelencia, se convirtió en escenario de hechos que nada tienen que ver con la celebración digna.
Miles de personas acudieron a la cita, como era previsible y debió ser previsible también por las autoridades, pero no hubo un dispositivo capaz de ordenar el flujo, proteger el espacio público ni orientar la energía colectiva. Lo que comenzó como cánticos y abrazos derivó rápidamente en desmanes generalizados: se rompieron barreras de protección, se dañó el mobiliario urbano: farolas, bancos, contenedores; se rayaron muros del recinto histórico, se obstruyeron por completo los ejes viales más importantes y hubo actos de agresión y saqueo a pequeños puestos comerciales instalados en la zona. Las cámaras, tanto oficiales como de teléfonos celulares, transmitieron en directo para todo el planeta la imagen de una multitud sin rumbo, sin respeto y sin autoridad visible que pudiera restablecer el orden con prontitud. Para el visitante extranjero que veía las noticias, la pregunta inmediata fue: ¿es seguro estar ahí? Y muchos optaron por no salir, por no llegar o por irse antes de tiempo, una decisión que las cifras de ocupación hotelera ya reflejan con claridad.
Tláloc se unió a la fiesta
Como si no fuera suficiente, la naturaleza se encargó de exponer la otra gran debilidad estructural de la capital: la fragilidad de su infraestructura ante cualquier fenómeno extremo. En apenas 72 horas, las lluvias torrenciales que cayeron sobre la cuenca rompieron con la capacidad de respuesta que se supone construida tras décadas de problemas similares. Calles que deberían ser vías principales de circulación turística, desde Paseo de la Reforma hasta avenidas del Centro Histórico, se transformaron en ríos turbulentos.
El agua entró a hoteles, museos, centros comerciales y estaciones del sistema de transporte colectivo; vehículos quedaron sumergidos y atrapados, personas debieron ser rescatadas y el servicio público colapsó durante horas. Lo más doloroso y revelador es que esto no ocurre por primera vez: cada temporada de lluvias se repite el mismo guion, se anuncian inversiones millonarias en mejoras y, al llegar la primera tormenta fuerte, todo vuelve a fallar.
La foto del recuerdo
Ante los ojos del mundo, la Ciudad de México apareció no solo como insegura, sino también incapaz de garantizar condiciones básicas de movilidad y salubridad. La imagen combinada de desorden social y caos hidráulico, creó un relato internacional mucho más potente que cualquier campaña publicitaria: aquí nada está garantizado. Y esto terminó por alejar al turista que aún dudaba, profundizando la brecha entre lo prometido y lo logrado.
Hay que ser profundamente críticos para entender que estos hechos no son simples coincidencias ni mala suerte. Son el resultado visible de fallas estructurales acumuladas: falta de planeación realista ante grandes concentraciones humanas, inversión insuficiente o mal dirigida en infraestructura pluvial, debilidad en la estrategia de seguridad preventiva y una desconexión alarmante entre lo que se promete oficialmente y lo que ocurre en la calle.
Se preparan grandes eventos, pero no se prepara la ciudad para sostenerlos. Se invierte en imagen, pero no en soluciones. Se espera que los turistas lleguen por fama, pero se les recibe con caos. Las cifras empresariales no mienten: el sector no vio el “escenario extraordinario” que se vendió, sino uno ordinario, incluso inferior al esperado en temporadas altas habituales.
El resultado final es que, al hacer balance, la CDMX no solo no alcanzó las metas turísticas proyectadas, sino que dañó activamente su reputación como destino confiable. Pues el saldo blanco reportado por autoridades, tras los festejos en Reforma, quedó sepultado bajo ¡40 toneladas de basura! La percepción que hoy viaja por el mundo es la de una urbe rica en historia y cultura, sí, pero también desordenada, vulnerable y difícil de transitar con tranquilidad. Y eso pesa mucho más que cualquier folleto turístico o cualquier cifra idealizada que se haya anunciado meses atrás.
Espejito, espejito, ¿cuál es tu veredicto?
Que lo que hemos visto no fue una mala racha pasajera, sino el reflejo fiel de nuestras tareas pendientes: mientras no se garantice orden, seguridad y una infraestructura a la altura de la magnitud de la ciudad, ningún evento mundial bastará para hacerla brillar ante los ojos ajenos. Hoy el espejo no miente: mostró caos, esa es la imagen que queda grabada y que las cifras frías del turismo confirman sin ambigüedad.




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