Por Ray Cárdenas


El gobierno de las promesas en lista de espera
Hay algo que los gobiernos hacen extraordinariamente bien. No necesariamente gobernar, resolver problemas o cumplir compromisos. No. Lo que hacen de manera impecable es prometer. Para eso sí no hay crisis presupuestal, ni falta de personal, ni herencias malditas.


En campaña todo parece sencillo. La inseguridad se combate. La corrupción se acaba. La burocracia desaparece. Las mujeres viven seguras. Los municipios reciben atención directa. Todo cabe en un discurso y hasta sobra espacio para los aplausos.


Pero una vez que termina la campaña y comienza el gobierno, las promesas entran a una especie de sala de espera institucional. Ahí permanecen sentadas, con número en mano, esperando ser llamadas.


Porque si algo sigue sin aparecer en Morelos es la paz prometida. Los ciudadanos siguen viviendo entre la preocupación, la incertidumbre y la costumbre de revisar cada mañana las noticias para ver dónde ocurrió el siguiente hecho violento. Es cierto que ningún gobierno resuelve un problema histórico de la noche a la mañana, pero también es cierto que la realidad no se modifica con conferencias de prensa.


La violencia contra las mujeres merece un capítulo aparte. Los discursos son abundantes. Los pronunciamientos también. Las fotografías institucionales sobran. Lo que sigue faltando son resultados que permitan a miles de mujeres sentirse realmente protegidas por un sistema que muchas veces llega tarde, cuando llega.


Luego está aquella promesa de acercar el gobierno a los municipios. Un gobierno de territorio, cercano a la gente, escuchando necesidades y resolviendo problemas. La idea era buena. Tan buena que todavía sigue siendo idea en muchos lugares.

La digitalización de trámites también parecía una gran noticia. Menos filas, menos vueltas, menos oportunidades para la corrupción. Sin embargo, para muchos ciudadanos la experiencia sigue siendo la misma: ventanilla, copia, firma, regreso mañana y, si tiene suerte, vuelva la próxima semana.


Y hablando de corrupción, quizá la promesa más recurrente de la política mexicana. Cada administración llega prometiendo acabar con ella. Cada administración descubre después que la corrupción siempre pertenece al gobierno anterior. Curiosamente, la del presente suele encontrarse en proceso de investigación permanente.


Mientras tanto, los ciudadanos observan.
Observan cómo los anuncios avanzan más rápido que los resultados.

Observan cómo las conferencias producen más expectativas que soluciones.
Observan cómo las promesas envejecen con sorprendente velocidad.


Y aquí conviene hacer una precisión. La gobernadora Margarita González Saravia parece ser una persona bien intencionada.

Nadie puede negar su disposición al diálogo ni su cercanía en muchos temas. El problema es que la política no se califica por las buenas intenciones. Se califica por los resultados.
Porque gobernar no consiste en explicar por qué no se pudo. Consiste en demostrar que sí se pudo.


Y en Morelos, después de tantos compromisos anunciados, empieza a crecer una pregunta incómoda que tarde o temprano termina llegando a cualquier gobierno:


¿Las promesas eran un plan de gobierno o solamente un discurso de campaña?
Porque la paciencia ciudadana, a diferencia de las promesas oficiales, sí tiene fecha de vencimiento.

Y para cerrar todo este compendio de promesas vanas pero llenas de primavera recordemos que el primero de julio el sometimiento de los transportistas trae como consecuencia tres pesos de aumento y las mismas basuras de siempre con ruedas en las calles

Pero no se ofendan no estoy diciendo mentiras y si es así demuéstrenlo.

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