Por: Alfredo Soberanes
MIENTRAS EL BALÓN RUEDA, LAS VOCES NO CALLAN
“La pelota volvió a casa…”
El silbatazo inicial el pasado 11 de junio en el Estadio Azteca, no solo marcó el arranque del Mundial de Futbol en México, por tercera vez en la historia y el primero compartido con Estados Unidos y Canadá. Ese sonido también fragmentó simbólicamente una jornada que concentró, en un solo día y en espacios separados apenas por kilómetros, dos caras de los mexicanos. Por una parte, la euforia colectiva por el futbol, y por otra, la resistencia organizada de quienes exigen que sus derechos también sean parte de la agenda nacional. México venció 2-0 a Sudáfrica, y aunque el resultado fue el esperado, la selección mexicana tuvo para vencer por al menos dos goles más, esto, ante un rival que se quedó con 9 hombres en la cancha. Al final la diferencia de goles, puede ser un factor decisivo para calificar a la siguiente ronda.
Entre contrastes, miles de personas comenzaron a llegar al corazón de la Ciudad de México para ver el partido de la selección mexicana en la pantalla gigante instalada en la explanada del Zócalo, sede del principal Fan Fest. La imagen era muy clara, vallas metálicas rodeaban la plaza, y entre ellas resaltaba el plantón permanente de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), que lleva semanas movilizándose por mejores condiciones laborales, salarios justos y el respeto a su autonomía sindical. A pesar de las barreras y las diferencias de causa, la convivencia fue en términos generales, pacífica. Maestros, sentados junto a sus casas de campaña, desayunaban y organizaban sus actividades mientras veían pasar a los aficionados. La gente entró al Zócalo, cantó, gritó, compró camisetas y cervezas, celebró los goles, y lo hizo bajo la sombra de las protestas, conscientes de que el país no se detiene por un torneo.
Por su parte, la Presidenta Claudia Sheinbaum decidió no estar en el Azteca ni en el Zócalo, espacios marcados por la movilización social, por lo que prefirió trasladarse al Deportivo Hermanos Galeana, en la alcaldía Gustavo A. Madero (una zona popular y lejos de los focos de conflicto). Allí, con la camiseta de la selección y el número 26 estampado, convivió como una aficionada más, se tomó fotos, celebró los goles, pero también mantuvo contacto constante con su teléfono, atenta sin duda a lo que ocurría fuera de la cancha. Su presencia en la Gustavo A. Madero quiso destacar la figura presidencial, como cercana a la gente, pero principalmente, evitar cualquier escenario donde su figura pudiera ser el blanco de reclamos públicos. Dicen que… el miedo no anda el burro.
Mientras la fiesta crecía muy cerca del estadio, otra historia se escribía con dolor y determinación. Colectivos de madres, padres y familiares de personas desaparecidas marcharon por avenida Tlalpan hasta el cerco policiaco del Azteca, portando fotos, fichas de búsqueda, carteles y flores de cempasúchil que recogieron de la decoración oficial del Mundial. Su consigna dio paso a la reflexión, y a la solidaridad. “La pelota vuelve a casa, ¿y nuestros hijos cuándo?”. Su intención era llegar al Estadio Azteca, pero un fuerte operativo de seguridad les bloqueó el paso. Ante el cerco, Vicky Ponce, madre buscadora vestida de blanco, suplicó con voz quebrada permiso para avanzar, explicando que solo buscan a sus seres queridos y que no eligieron esa situación. Finalmente, se arrodilló en el asfalto, con las manos extendidas en señal de súplica, en una imagen que quedó registrada y se volvió emblemática de la jornada. Grabaciones expuestas en redes sociales, muestran el momento donde Vicky se arrodilla, al tiempo de grabar las expresiones de un policía al borde del llanto. Con más de 133 mil personas reportadas como desaparecidas en el país desde 2006 (según registros oficiales), su presencia fue un recordatorio contundente: ninguna fiesta puede ocultar la tragedia que vive el país.
Pero esas no fueron las únicas voces críticas el día del partido México vs Sudáfrica. Vecinos de Coyoacán y Santa Úrsula Coapa se manifestaron por el despojo de agua, la especulación inmobiliaria y la pérdida de espacios públicos derivada de la organización del torneo. Denunciaron que mientras el estadio cuenta con suministro abundante y exclusivo, muchas colonias aledañas llevan años sufriendo escasez.
Cabe recordar cómo el futbol en México, ha sido un distractor de problemas y cortina de humo a conveniencia a lo largo de los años. Por ejemplo: en México 86, la justa mundialista, más allá de ser un gran negocio, fue un gran motivo para digerir el sismo de 1985. Lo mismo ha pasado en jornadas electorales, donde finales son disputadas los días de votación. ¿Será que a la gente pan y circo?
Lo cierto es que… en unas horas se pudo mostrar, en pocas palabras la complejidad de México. Un país capaz de vibrar al unísono por un gol, de cantar Cielito Lindo en medio de una multitud, de vestirse de luchador, de bailar lo que sea, madrugar para ver un partido, pero también, organizado para marchar, exigir justicia y no dejar que la fiesta borre sus problemas. La victoria de México fue celebrada con alegría, pero también con conciencia. Ninguna fiesta por grande que sea, puede acallar las demandas históricas: educación digna, justicia para las víctimas, acceso a servicios básicos y respeto a los derechos humanos. La pelota volvió a casa, sí, pero las voces de quienes esperan justicia también se quedaron aquí, firmes, en un contraste de alegría y dolor.




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