Por Dr. Ángel Darién Zapata Marín
Entre ajolotes, cuentas congeladas, la firma de un tratado comercial y un operativo que alcanzó a diversos municipios de Morelos, México parece debatirse entre dos fuerzas opuestas: la posibilidad de regenerarse o el riesgo de seguir descomponiéndose.
La firma reciente de un acuerdo comercial con Europa no es un asunto menor, frente a las impactantes noticias como el operativo enjambre en nuestro Estado (que abarcó ocho municipios de la entidad), o la confirmación del congelamiento de diversas cuentas bancarias de un Gobernador, un edil, ambos con licencia; un senador y diversas autoridades de procuración de justicia en Sinaloa, o la reducción en la calificación crediticia de nuestro país (Baa2 a Baa3 por Moody’s Ratings). La historia demuestra que las naciones que lograron convertirse en grandes polos de intercambio económico terminaron acumulando riqueza, influencia y desarrollo, ocurrió con China y la ruta de la seda, con Nueva York y su poder financiero, o con Sevilla durante el auge del comercio con América. El comercio transforma regiones enteras. Por eso resulta relevante que México amplíe mercados para sus productos y abra nuevas oportunidades para el agro, para los productores nacionales y para sectores que durante años han padecido las distorsiones provocadas por oligopolios que concentran ganancias mientras asfixian a quienes producen.
Pero mientras se anuncian acuerdos económicos y oportunidades de crecimiento, el país sigue enfrentando una realidad mucho más áspera: la infiltración criminal en estructuras de gobierno y el deterioro de la seguridad pública.
Ahí aparece el llamado operativo enjambre y, no es un tema menor tampoco, ocho alcaldías involucradas en Morelos, diversas detenciones de actores políticos colocan nuevamente sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿se trata del inicio de una auténtica depuración o solo un golpe mediático y parcial?
El caso de Cuautla resulta particularmente simbólico. Desde hace meses existían reportes alarmantes sobre el deterioro de la gobernabilidad, el incremento de la criminalidad y los presuntos vínculos entre sectores políticos y grupos delictivos. El alcalde permanece prófugo y el municipio se convirtió en una muestra de cómo ciertas regiones parecen quedar atrapadas entre la debilidad institucional y el poder criminal.
Cuautla no es una excepción aislada, en distintos municipios de Morelos se repiten denuncias similares, incluso, en Cuernavaca, el propio obispo expresó públicamente el hartazgo de la población ante niveles de violencia cada vez más difíciles de soportar. La percepción social ya no se limita al cobro de derecho de piso sobre actividades comerciales; se habla incluso de extorsiones vinculadas al simple hecho de vivir o permanecer en determinadas zonas (cobro de derecho de piso para poder vivir en tu casa). Ese nivel de degradación social resulta profundamente preocupante.
Y, sin embargo, todavía existen lugares donde el escenario parece aún más grave. Sinaloa, por ejemplo, vive prácticamente bajo una lógica de confrontación permanente entre diversas facciones criminales, ahí están las denuncias de la población civil, los comerciantes y la reducción de sus ingresos.
Por ello, nos hacemos de manera inevitable más preguntas: ¿habrá nuevas detenciones?, ¿qué ocurrirá con las figuras políticas señaladas?, ¿las acciones se limitarán al congelamiento de cuentas o realmente alcanzarán estructuras más profundas del poder político y económico?, porque la pregunta central no es únicamente si habrá más operativos. La verdadera cuestión es si el Estado mexicano está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, incluso cuando ello implique tocar intereses en grandes poblaciones y no solo en municipios pequeños o servidores públicos de rango medio o sin tanta trascendencia nacional o estatal.
México necesita reconstruirse, quizá por eso la imagen del ajolote resulta tan poderosa en este momento, ese ser endémico de Xochimilco, capaz de regenerar partes de sí mismo, parece convertirse en una metáfora inevitable del país. México necesita recuperar tejido social, restaurar instituciones, reconstruir confianza y devolver gobernabilidad a regiones enteras donde la violencia y la corrupción se normalizaron demasiado tiempo.
El ajolote aparece hoy en murales, espacios públicos y en el imaginario colectivo de una Ciudad de México que se proyecta al mundo como sede mundialista. Pero más allá del símbolo turístico o cultural, representa una aspiración mucho más profunda: la posibilidad de regenerarse incluso después del daño.
Porque el país aún puede sobreponerse a este estado de cosas, pero para lograrlo se requieren acciones continuas -no aisladas-, se necesita voluntad política real, sostenida y auténtica. Una voluntad capaz de enfrentar la corrupción y la criminalidad sin distingos ni simulaciones, de lo contrario, todo seguirá atrapado entre anuncios prometedores, cuentas congeladas y detenciones espectaculares, mientras la destrucción continúa avanzando lentamente sobre las instituciones.
Y ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente desde la lógica de la destrucción.
Creo firmemente, amable lector, en la capacidad de regeneración de nuestro pueblo mexicano. Pero, por desgracia, no bastan las buenas intenciones ni los discursos esperanzadores. Se requiere una acción auténtica, constante y sostenida durante mucho tiempo para que, como el ajolote, México pueda regenerarse y reconstruir el tejido social que la criminalidad y la normalización de sus antivalores han degradado de manera inexorable y sin aparente oposición por mucho tiempo.




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