Por Jazmín López
El Día de Muertos es una de las tradiciones más representativas de México. Cada año, millones de familias preparan altares, colocan flores de cempasúchil, encienden veladoras y comparten alimentos para recibir simbólicamente a quienes ya no están. Es una celebración de identidad, memoria y pertenencia; una manera de mantener vivos los recuerdos y reconocer que la muerte también forma parte de nuestra historia.
Pero ¿alguna vez nos hemos preguntado desde qué perspectiva hemos contado esta tradición? ¿Qué lugar han ocupado las mujeres en la narrativa del Día de Muertos? Y, sobre todo, ¿por qué no convertir esta celebración en un espacio para recordar a aquellas mujeres a quienes la violencia les arrebató la vida?
Estas preguntas me llevaron a reflexionar sobre una realidad que pocas veces se coloca en el centro de la conversación: las mujeres han sido protagonistas de la preservación de esta tradición, pero no siempre han tenido el mismo protagonismo en las historias que contamos sobre ella.
Son las madres, abuelas, hijas y hermanas quienes, en muchos hogares, conservan los rituales, preparan los alimentos, colocan las fotografías, organizan los altares y transmiten de generación en generación el significado de cada elemento. Sin embargo, su trabajo y su participación cultural no siempre han recibido el reconocimiento que merecen.
La tradición también puede analizarse desde una perspectiva de género. Incluso el lenguaje nos invita a cuestionarnos: hablamos del Día de Muertos, utilizando el masculino como representación universal, mientras que las experiencias particulares de las mujeres pueden quedar diluidas en una narrativa colectiva.
No se trata de desconocer el valor cultural de esta celebración ni de confrontar nuestras costumbres, sino de ampliar la mirada y reconocer que las tradiciones no son estáticas: evolucionan, se transforman y adquieren nuevos significados de acuerdo con las realidades sociales.
La figura de la Catrina, por ejemplo, se ha convertido en uno de los símbolos más reconocidos de esta festividad. Su origen está vinculado con la crítica social y la sátira de las desigualdades, pero sus representaciones contemporáneas también pueden abrir una conversación sobre cómo se construye y se representa la imagen femenina en nuestra cultura.
Y es precisamente ahí donde considero necesario introducir una reflexión feminista.
En México, hablar de la muerte de las mujeres no puede limitarse a una cuestión de tradición, folclor o simbolismo. Tenemos una realidad marcada por la violencia de género y los feminicidios. Detrás de cada nombre hay una historia, una familia, sueños, proyectos y una vida que merecía ser vivida.
Por eso, me parece importante recuperar y reflexionar sobre la propuesta del Día de Muertas, una resignificación simbólica que busca colocar a las mujeres en el centro de la memoria colectiva, particularmente a quienes fueron víctimas de feminicidio.
Desde la perspectiva del Feminismo Kósmico, esta reflexión nos invita a cuestionar las estructuras culturales y sociales que han invisibilizado a las mujeres, así como a recuperar su presencia, su historia y su dignidad. La memoria también puede ser una forma de resistencia.
Imaginar un altar dedicado a las mujeres víctimas de feminicidio es pensar en un espacio donde sus fotografías, nombres e historias no sean solamente recuerdos familiares, sino también testimonios de una realidad que no debemos normalizar. Un altar donde cada flor de cempasúchil represente una vida, donde cada veladora simbolice la memoria y donde cada nombre nos recuerde que la violencia contra las mujeres no puede convertirse en una cifra más.
Quiero reconocer que esta reflexión tiene una inspiración especial: Hilda Sotelo, escritora e investigadora quien, a través de un artículo de opinión en el que abordó esta temática, despertó en mí la inquietud de profundizar sobre la relación entre el Día de Muertos, la memoria de las mujeres y la resistencia feminista. Su planteamiento me motivó a investigar, cuestionar y construir mi propia reflexión sobre un tema que merece mayor visibilidad.
Considero que el periodismo también tiene la responsabilidad de abrir conversaciones, recuperar voces y poner sobre la mesa aquellos temas que durante mucho tiempo han permanecido en los márgenes.
No pretendo que dejemos de celebrar el Día de Muertos. Por el contrario, creo que podemos enriquecer su significado, reconocer a las mujeres que han sostenido esta tradición y abrir espacios para honrar a quienes ya no están, especialmente a aquellas que fueron víctimas de violencia feminicida.
Que sus nombres no desaparezcan. Que sus historias no sean olvidadas. Que sus vidas no se reduzcan a una estadística.
Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos si nuestras tradiciones también pueden convertirse en espacios de conciencia, denuncia y transformación social.

