Por Valeria Milán
Hay muertes que no son solo una noticia. Son el cierre de una época. Anoche, a los 92 años, se fue Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.
Y con él se va el último faro de aquella trilogía que le enseñó a México que se podía desafiar al sistema.
Tres veces candidato a la Presidencia, fundador del PRD, primer Jefe de Gobierno electo de esta capital. El hombre que en 1988 le puso nombre y rostro a la esperanza. Pero más allá de los cargos, hoy hablamos del ser humano que se nos adelantó.
En un país donde la política hoy es grito e insulto, Cárdenas fue lo opuesto: un demócrata con valores. No necesitó gritar para hacerse escuchar. No necesitó destruir para construir. Entendió que la izquierda no era rencor, era cercanía con la gente.
Fue ingeniero de profesión, pero constructor de conciencias por vocación. Nos enseñó que la democracia no se decreta, se defiende. Que la dignidad no se negocia.
Hoy, cuando el partido que fundó ya no existe como lo conocimos y cuando muchos que se dijeron sus alumnos tomaron otro camino, su figura queda intacta. Limpia. Porque no se manchó las manos. Porque prefirió ser congruente que ser complaciente.
Hasta sus últimos días se mantuvo como brújula moral. El 18 de marzo de este año todavía estuvo en Veracruz con la Presidenta Sheinbaum, y en julio en Michoacán en el homenaje a su madre Doña Amalia. 12fa
Cárdenas ya no es pasado. Ahora es memoria viva. Es el recordatorio de que sí hubo políticos que podían mirarte a los ojos sin bajar la mirada.
En tiempos de polarización, su legado es lección: se puede pensar distinto sin dejar de ser decente.
Se fue el ingeniero que prefirió perder elecciones antes que perder valores. Y eso, en este país, es ganar la historia para siempre. Descanse en paz.

