POR DR. ÁNGEL DARIÉN ZAPATA MARÍN
En el Génesis (capítulo 1, 2- 4; Reina-Valera) encontramos uno de los pasajes más conocidos de la Biblia, una narración que, además de su significado religioso, encierra una poderosa metáfora sobre el origen del orden a partir del caos: “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas”.
La luz, entonces, no solamente apareció: también permitió distinguir, separar y ordenar. Y, amable lector, resulta inevitable recordar este pasaje cuando observamos los avances científicos que estamos presenciando, pues pareciera que, poco a poco, las tinieblas de nuestra ignorancia se retiran ante una humanidad que comienza a desentrañar los secretos más profundos del árbol del conocimiento.
El pasado 5 de octubre de 2026, el Premio Nobel de Medicina fue concedido a tres científicos: Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel, por sus descubrimientos que hicieron posible el desarrollo de una técnica revolucionaria llamada optogenética. ¿Y eso qué es, o cómo se come?
Fácil. Bueno, no tanto, porque para entenderlo hay que adentrarse en uno de los órganos más complejos que conocemos: el cerebro humano. La optogenética combina herramientas de la genética con la luz para estudiar y controlar la actividad de células específicas. En términos sencillos, los científicos pueden introducir en determinadas neuronas instrucciones genéticas que les permitan producir proteínas sensibles a la luz. Después, mediante estímulos luminosos, pueden activar o inhibir su actividad y observar qué sucede.
Peter Hegemann y Georg Nagel contribuyeron a identificar y caracterizar proteínas fotosensibles procedentes de algas, mientras que Karl Deisseroth ayudó a convertir esos descubrimientos en una herramienta capaz de estudiar circuitos neuronales con una precisión extraordinaria. Dicho de otra manera, la luz se convierte en una especie de interruptor biológico, no es magia, aunque por momentos lo parezca.
Nuestro cerebro alberga miles de millones de neuronas, comunicadas mediante una extraordinaria red de conexiones, no existe una explicación definitiva sobre que es la conciencia, la memoria, las emociones o nuestra experiencia humana. Sin embargo, ahora podemos estudiar circuitos neuronales específicos e intervenir en su actividad para comprender mejor cómo participan en determinados comportamientos.
Las posibilidades son enormes en la investigación sobre enfermedades neurológicas, los mecanismos de la memoria, la percepción, el miedo y otros procesos cerebrales puede beneficiarse de estas herramientas. En el futuro, algunos de estos conocimientos podrían contribuir al desarrollo de tratamientos para enfermedades como el alzhéimer, el párkinson o ciertos trastornos psiquiátricos; si bien la posibilidad de comprender y modificar algunos procesos cerebrales resulta esperanzadora, también plantea varias interrogantes: ¿qué ocurrirá cuando tengamos la capacidad de intervenir con mayor precisión? Porque una cosa es utilizar la luz para comprender el cerebro y otra, utilizar ese conocimiento para controlar a quienes lo poseen; y, es que la historia nos ha enseñado que el progreso científico no siempre camina de la mano de la prudencia moral. No hace falta inventar una conspiración para reconocerlo. Basta recordar que, durante la Guerra Fría, la CIA desarrolló el programa MKUltra, mediante el cual se realizaron experimentos con drogas y otras técnicas de modificación conductual. Aquellos programas no consiguieron demostrar que fuera posible controlar la mente humana de la manera absoluta, pero dejaron un antecedente real y perturbador sobre lo que puede ocurrir cuando el poder político y la investigación se separan de los límites éticos.
Es decir, el deseo de penetrar en los secretos de la mente no nació ayer, lo novedoso es que ahora existen herramientas cada vez más precisas que nos permiten controlar la actividad cerebral al menos de manera experimental.
Y esto nos lleva a otra de esas tecnologías que parecen sacadas de una película de ciencia ficción: las famosas tijeras genéticas o CRISPR-Cas9, una herramienta que permite modificar secuencias del ADN. En 2020, Emmanuelle Charpentier y Jennifer A. Doudna recibieron el Premio Nobel de Química por el desarrollo de un método para la edición del genoma, con esta tecnología se abrió un horizonte extraordinario para la investigación de enfermedades hereditarias, el desarrollo de tratamientos y la modificación de organismos. También se hizo más tangible una posibilidad que durante mucho tiempo pareció reservada a la ciencia ficción: modificar deliberadamente el material genético de un ser humano.
Y aquí, amable lector, la metáfora de jugar a ser Dios deja de ser una simple licencia literaria para convertirse en un auténtico dilema ético, porque ahora podemos modificar genes, pero ¿quién decide cuáles deben cambiarse? ¿Con qué propósito?
No son preguntas gratuitas, ya existe un antecedente que demuestra que la discusión no pertenece exclusivamente al futuro. En 2018, el investigador chino He Jiankui anunció que había utilizado CRISPR-Cas9 para modificar embriones humanos con la intención de alterar el gen CCR5, relacionado con la entrada de ciertas variantes del VIH en las células. El caso se hizo mundialmente conocido por el nacimiento de dos niñas a quienes el investigador llamó Lulu y Nana. El objetivo declarado era conferirles resistencia a la infección por VIH -reducir la susceptibilidad a determinadas variantes del virus-. En diciembre de 2019, He Jiankui fue condenado a tres años de prisión y multado por realizar ilegalmente procedimientos de edición genética de embriones humanos con fines reproductivos.
Como en Gattaca, aquella película que imaginaba una sociedad en la que la genética condicionaba el destino de las personas, el caso de He Jiankui nos obligó a mirar de frente una posibilidad inquietante: que el conocimiento genético termine convirtiéndose en un instrumento de selección humana, desigualdad y discriminación.
La luz y las tinieblas, una vez más.
Ahora bien, amable lector, agárrese porque en este punto quizá piense que me deslizo hacia los terrenos de la conspiración, ya que en el pódcast De Todo Un Mucho, conducido por Martha Higareda y Yordi Rosado, en el episodio titulado “La extraña conversación que tuvimos con ChatGPT… y respondió esto del Anticristo” -29 de septiembre de 2026-, hablaron de las respuestas que Martha obtuvo al formular preguntas a la inteligencia artificial, quien al ser cuestionada sobre las profecías bíblicas, la IA arrojó respuestas perturbadoras sobre cómo una tecnología con la capacidad de hablar simultáneamente con millones de personas, adaptarse a la mente de cada usuario e influir masivamente en la forma de pensar de la humanidad, comparte características operativas muy similares a las descripciones modernas del Anticristo bíblico.
Esta conversación aunque inquietante y también divertida al mismo tiempo, deja ver algo interesante sobre nuestra época: hemos creado sistemas capaces de conversar con nosotros, imitar nuestras emociones, responder preguntas íntimas y, en ocasiones, reforzar nuestras propias creencias (influir). Sin embargo, éstos por si mismos no son el anticristo, pues lo relevante de esta tecnología consiste en su capacidad de influir sin necesidad de atribuirles poderes diabólicos, aunque en esta reflexión me detengo un poco, ya que PALANTIR a veces nos hace dudar genuinamente sobre los fines macabros que pueden tener estas tecnologías, gracias a sus propietarios -sistema usado con fines bélicos y por organizaciones gubernamentales-.
Aquí, regresamos nuevamente al génesis, CRISPR-Cas9 nos permite intervenir en el código de la vida (el libro de la vida), la optogenética nos permite investigar e incidir, mediante la luz, algunos de los mecanismos más complejos del cerebro (conciencia), y la inteligencia artificial amplía nuestra capacidad para procesar información, observar patrones y relaciones que antes resultaban difíciles de detectar (puede influir en la toma de decisiones, incluso de carácter bélico). Cada una de estas tecnologías puede contribuir a construir un mundo mejor, pero también puede ocasionar daños si se utiliza sin responsabilidad, sin transparencia y sin límites.
Por tanto, la pregunta decisiva con estos descubrimientos no es si estamos adquiriendo poderes que antes parecían reservados a los dioses. La pregunta es si tenemos la madurez necesaria como especie para usarlos sin ponernos en peligro, por ello, tal vez la lección más profunda del Génesis no consista únicamente en celebrar la aparición de la luz, sino en recordar que el orden exige distinguir, elegir y asumir responsabilidades.

