Por: Dr. Juan Federico Zuñiga Ramírez
“Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma”.Carl Gustav Jung.
Al caer la tarde en Cuernavaca, Morelos, donde la primavera es eterna, cuando el sol enciende las montañas y la música se mezcla con el rumor de la plaza, podría imaginarse la llegada de un joven sereno que oculta una fuerza antigua, mística, mientras unos jóvenes jugaban en el espacio de Plaza de Armas, pensé en los piratas.
Recordemos el antiguo relato griego de Dioniso y los piratas: el dios del vino, la fiesta y la fuerza vital, apareció un día en la orilla del mar con la apariencia de un joven de extraordinaria belleza. Un grupo de piratas tirrenos lo divisó desde su nave, creyeron que era hijo de algún rey y calcularon que podrían obtener dinero por él. Bajaron a la costa, lo capturaron y lo llevaron a bordo para pedir un rescate o venderlo como esclavo.
Los piratas intentaron sujetarlo con cuerdas, pero cada nudo se deshacía y las ataduras caían al suelo, Dioniso permanecía tranquilo y sonreía, representado la conciencia de un ser que tiene el control o simplemente es un ser que está en la eternidad. El timonel, sorprendido por el prodigio, comprendió que su prisionero no era un hombre común, es cuando en compañía de alguien notas o eres consciente de alguien diferente, advirtió a sus compañeros que quizá estaban ante un dios y les pidió que lo liberaran, pero siempre en nuestro entorno existe alguien necio o egocentrista el capitán, cegado por la ambición, rechazó la advertencia y ordenó continuar el viaje.
Entonces, comenzaron las maravillas: un vino fragante corrió por la cubierta; del mástil brotó una vid cargada de racimos y la hiedra se extendió por las velas y los remos maravillosamente; después, Dioniso adoptó la forma amenazante de un león, mientras una música misteriosa llenaba la nave, es el éxtasis del momento. Los piratas, aterrados, corrieron hacia la borda y se arrojaron al mar, al tocar el agua, se transformaron en delfines, solo el timonel permaneció en el barco y entonces Dioniso recuperó su figura juvenil, reveló su identidad y le aseguró que se salvaría porque había sabido reconocer lo divino.
El mito nos revela que los piratas no vieron a Dioniso, vieron una oportunidad de enriquecerse, la codicia los llevó a convertir al otro en objeto e ignorar las señales que contradicen sus deseos, las cuerdas que se desatan representan los límites del control, el deseo, la creatividad, el dolor y el impulso de transformación pueden reprimirse, pero no desaparecer. El vino, la vid, la música y el león muestran el regreso de esa vitalidad negada, que irrumpe con mayor fuerza cuanto más se intenta someterla. El timonel encarna la intuición capaz de escuchar y reconocer lo desconocido.
El mar, asociado simbólicamente con lo inconsciente, recibe a los piratas y transforma su identidad, como en la metamorfosis de Franz Kafka, los trasformó en delfines como castigo, pero también significa cambio: aquello que se niega termina obligándonos a abandonar nuestra forma anterior y en la vida cotidiana también navegamos en barcos hechos de reglas, horarios y certezas, es el malestar que provoca la cultura; el problema comienza cuando intentamos encadenar todo lo que amenaza nuestro control. Dioniso nos recuerda que madurar no significa eliminar lo irracional, sino dialogar con el cuerpo, el juego, la imaginación y la incertidumbre, antes de que aquello que rechazamos invada por completo la cubierta. En la existencia temporal de los sentidos ¿alguna vez te has dejado llevar por el barco pirata y terminaste trasformado en un ser que no deseabas?
Bibliografía
Homero. (1978). Himnos homéricos. La Batracomiomaquia (A. Bernabé Pajares, Trad.). Gredos.
Jung, C. G. (1982). Símbolos de transformación. Paidós.
Nietzsche, F. (2012). El nacimiento de la tragedia (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial.
Nietzsche, F. (2013). Crepúsculo de los ídolos (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial.

