Por Valeria Milán
Hay que decirlo sin miedo: la sociedad no perdió los valores sola, se los quitamos nosotros con dos discursos que se vendieron como progreso.
La psicología mal entendida y los derechos humanos mal aplicados.
Nos dijeron que todo era trauma, que no podíamos regañar, que no podíamos exigir, que no podíamos corregir porque el niño se iba a traumar. Antes un maestro tenía autoridad, un padre tenía autoridad, un abuelo tenía autoridad. Hoy si un maestro alza la voz, es violencia psicológica. Si un padre quita el celular como castigo, es maltrato. Creamos una generación que cree que todo lo que siente es válido, pero que no sabe respetar nada de lo que sienten los demás.
Antes te enseñaban que aunque no quisieras, saludabas, pedías permiso, decías gracias, te levantabas a ceder el asiento, aguantabas. Eso se llamaba respeto. Hoy le llaman represión. Y con esa idea nos llenamos de jóvenes que no toleran un no, que no aceptan una regla, que demandan derechos pero no cumplen una sola obligación.
Y luego están los derechos humanos. Que en el papel son una gran conquista, nadie lo niega. Pero en la calle se volvieron el escudo perfecto para el que no quiere cumplir. El delincuente tiene más derechos que la víctima, el alumno grosero tiene más derechos que el maestro que intenta poner orden, el hijo que falta al respeto tiene más derechos que el padre que intenta corregirlo.
Nos da miedo poner límites porque siempre sale alguien con la carta de «estás violando mis derechos». ¿Y el derecho de los demás a vivir con orden? ¿El derecho de una comunidad a exigir respeto? Ese se nos olvidó.
Por eso hoy nadie respeta nada. No se respeta al policía, no se respeta al profesor, no se respeta a los padres, no se respeta al vecino, no se respeta al mayor. Porque nos metieron en la cabeza que respetar es someterse, y que corregir es agredir.
No es que la psicología no sirva. Claro que sirve cuando es seria. No es que los derechos humanos no importen. Claro que importan. El problema es cuando los usamos para justificarlo todo y para no educar nada.
Recuperar el respeto no necesita un programa de gobierno. Necesita volver a entender algo muy simple que nos enseñaron nuestros abuelos: mis derechos terminan donde empiezan los tuyos. Y sin disciplina, sin autoridad y sin límites claros, no hay sociedad que aguante.

