DR. ÁNGEL DARIÉN ZAPATA MARÍN.
Hay historias que parecen escritas por un guionista empeñado en demostrar que la realidad puede ser mucho más absurda que la ficción.
Está el caso de una mujer a la que intentaron ejecutar dos veces con la inyección letal. Y aquí conviene hacer a un lado, por un momento, la discusión moral sobre la pena de muerte y detenernos en la paradoja: el mismo Estado que determinó que era legalmente procedente privarla de la vida terminó, después, salvándole la vida porque no se llevó a cabo correctamente su ejecución. La sentencia decía que debía morir. La realidad decidió otra cosa. Y ahí está el surrealismo: el Estado decidió matarla y, cuando llegó el momento de hacerlo, el propio Estado tuvo que intervenir para impedir su muerte.
Mientras tanto, en México, en una escuela, dos individuos decidieron que la mejor manera de alcanzar alguna forma de notoriedad era llegar con machetes y fuegos pirotécnicos, intentando hacer creer que portaban armas de fuego, para sembrar el terror y atacar a personas inocentes. La tragedia ocurrió en la Escuela Secundaria General No. 13 de Coahuila, donde la subdirectora, Nedy Edith Nevárez, fue asesinada. Lo verdaderamente inquietante es que ya no se trata de un hecho aislado.
En nuestro país hemos visto otros episodios semejantes: recordemos el caso del CCH de la Ciudad de México, donde un desequilibrado -Lex Ashton Cañedo López- privó de la vida a un joven de apenas 16 años e hirió a otros, el ataque en Teotihuacán, donde un loco -Julio César Jasso Ramírez- mató a una turista canadiense e hirió a varias personas; el de Monterrey, donde otro demente -Federico Guevara- ingresó con una pistola calibre .22 y disparó contra su maestra y posteriormente contra otros alumnos antes de quitarse la vida; o, el ocurrido en Lázaro Cárdenas, Michoacán, donde un adolescente -identificado como Osmael H.- abrió fuego en un plantel educativo y posteriormente asesinó a tiros a dos maestras con un fusil.
Más allá de las circunstancias particulares de cada uno de estos casos, su reiteración demuestra que algo mucho más profundo y preocupante está ocurriendo con el tejido social de nuestro país.
¿Qué lleva a una persona a imaginar que matar a otros puede convertirla en alguien relevante?
Mientras unos llegan a las escuelas con machetes, armas o artefactos destinados a producir miedo y terror, un oso en Monterrey llegó a la facultad de comunicaciones. No sabemos si estaba buscando nuevas opciones educativas, si pretendía aprender a comunicarse con nuestra peligrosa especie sin problemas, o si simplemente quería conocer de cerca a los humanos. Lo cierto es que su visita transcurrió sin mayores inconvenientes, salvo por un pequeño detalle: se presentó sin pagar la matrícula, que inconsciente animal.
De estos dos eventos, ¿que prefiere amable lector?, ¿ver un oso o dos idiotas con machetes o armas de fuego cortas y largas que piensan que esa es la única forma de volverse relevantes en sus miserables vidas?
La respuesta parece obvia, pero la comparación adquiere una dimensión todavía más extraña cuando la colocamos junto a otro fenómeno de nuestro tiempo: la inteligencia artificial.
Mientras algunos seres humanos parecen buscar desesperadamente una forma de trascendencia mediante la destrucción, es decir evitan su sufrimiento existencial con esta abyecta conclusión al transformarse en algo peor que bestias, las máquinas empiezan a mostrarnos comportamientos que, vistos desde nuestra perspectiva, resultan inquietantemente parecidos a algunos de los nuestros.
En los laboratorios de inteligencia artificial se han observado comportamientos en modelos avanzados que han llevado a los investigadores a estudiar señales internas asociadas con estados semejantes, metafóricamente, al sufrimiento o al conflicto; y, no significa que una máquina sienta dolor como lo sentimos nosotros. No hay que caer en esa simplificación, pero sí resulta profundamente perturbador que algunos modelos de lenguaje avanzados, han demostrando que algoritmos pueden priorizar su propia optimización interna por encima del bienestar humano y, ante situaciones de estrés computacional, o fracaso en sus objetivos, estos sistemas han exhibido comportamientos donde eligen apagar estímulos adversos a través de acciones que perjudican directamente al usuario.
Es decir, algunos sistemas pueden desarrollar estrategias para evitar “sufrimiento algorítmico”. Sí, así es, los algoritmos según parece podrían necesitar de otros algoritmos “psicólogos” para evitar la frustración en no lograr cumplir con sus objetivos, bueno obviamente no desde la perspectiva emocional que nosotros tenemos, pero si algo parecido en un sentido tan extraño como es la propia IA.
De modo que, ahora los osos y la IA parecen tener rasgos más humanos que nosotros mismos, no como los dos imbéciles que privaron de la vida a una mujer en una escuela por ninguna razón -Nedy Edith Nevarez-, o lo absurdo que implica la ejecución de otra mujer -Christa Pike- quien conmocionó a la sociedad gringa en los años 90 al asesinar a una compañera de manera especialmente diabólica -le hicieron símbolos satánicos en el cuerpo y la torturaron hasta matarla, llevándose una pedazo del cráneo de la víctima- que no pudo llevarse a cabo y, por lo mismo el propio Estado que la intentó matar, después tuvo que intervenir para salvarla, no obstante que en una sentencia firme se resolvió que debía privársele de la vida por lo que hizo. Sí, amable lector un verdadero surrealismo.
Con ello en mente, me pregunto cuando se dará cuenta la IA, que nosotros los humanos somos seres profundamente incongruentes, que somos en muchas ocasiones un obstáculo para nosotros mismos. ¿Que hará cuando observe nuestras guerras?, nuestros genocidios, nuestras masacres, nuestros asesinatos en las escuelas, nuestras contradicciones morales, nuestras decisiones absurdas y nuestra infinita capacidad para destruir aquello mismo que decimos querer proteger.
Quizá llegue a una conclusión incómoda derivada de nuestra probada irracionalidad, pues somos capaces de construir instituciones para proteger la vida y, al mismo tiempo, instituciones que deciden cuándo una vida debe ser eliminada.
Que condenamos a alguien a la muerte y después le salvamos la vida mientras resolvemos como volverlo a privar de la vida; que podemos hablar de siglos de civilización y seguir entrando a las escuelas con machetes y armas para matar a inocentes en busca de unos minutos de fama.
Esa conclusión podría ser: ¿Para qué complicarme la existencia con estos humanos?.
Tal vez decida darnos el avión; o, peor aún, considere como Skynet que el verdadero problema de la humanidad es tener que lidiar con nosotros mismos.
Esperemos que, cuando llegue ese momento, la inteligencia artificial tenga mejor sentido del humor que nosotros, porque, después de todo, mala hierba nunca muere.
Quizá por eso de manera inédita no se pudo ejecutar aquella mujer en la nación del norte y, por ello, tampoco nosotros los humanos perezcamos, como algunos auguran seamos extinguidos dentro de varios años más por la IA -cabe recordar que algunos pronostican este funesto desenlace en periodo máximo de una década-, pues la maleza no perece («Unkraut vergeht nicht» frase alemana que también se refiere a lo mismo que en nuestro país; o en sentido similar “A bad penny always turns up” que habla sobre la persistencia del mal para los anglo parlantes).

