“Dondequiera que voy, descubro que un poeta ha estado allí antes que yo.”
Sigmund Freud
Por. Dr. Juan Federico Zuñiga Ramírez.
Iba camino a Xochicalco cuando, al pasar cerca de la presa El Rodeo, una calle que descendía hacia el agua abrió de pronto una grieta en la imaginación. No era el mar, desde luego, sino una extensión quieta, contenida entre cerros; pero algo en esa bajada, en la luz vibrando sobre la superficie y en la promesa de lo profundo hizo aparecer otro paisaje: el océano infinito por donde Ulises, héroe de regreso y de memoria, navegó entre peligros visibles e invisibles. Allí, frente a esa agua interior, pensé que todo viaje guarda también su propio canto de sirenas. Este mito sigue nombrando los conflictos de mi presente.
Después de descender al mundo de los muertos y escuchar allí los anuncios sombríos de Tiresias, Ulises regresa a la isla de Circe. No vuelve como quien ha descansado, sino como quien carga en la mirada el peso del destino. Circe, sabia en los caminos invisibles, le revela entonces una nueva prueba: antes de alcanzar Ítaca, la nave deberá cruzar frente a las sirenas. Su canto, dice la hechicera, no se parece a ningún sonido humano, no llama con violencia, sino que evoca con dulzura; no amenaza, promete y quien lo escucha sin defensa deja caer los remos, olvida el hogar, abandona el viaje y se consume junto a los restos de otros navegantes.
Ulises, que ha sobrevivido a monstruos, tempestades y guerras, no quiere renunciar a oír esa voz. Hay en él una curiosidad ardiente, desea conocer aquello que ha perdido a tantos hombres, pero también sabe que el deseo, cuando se disfraza de revelación, puede quebrar la voluntad dura. Por eso prepara su salvación antes de estar en peligro, derritiendo cera, la ablanda entre sus manos y tapa con ella los oídos de sus compañeros, les ordena remar sin mirar atrás. Exige que lo aten al mástil, erguido en medio de la embarcación y que no lo suelten, aunque suplique, aunque llore, aunque ordene lo contrario.
La nave avanza, el mar parece detenerse alrededor de ellos, como si también esperara, entonces llega el canto y las sirenas llaman a Ulises por su nombre, le prometen saberlo todo: lo ocurrido en Troya, el dolor de los héroes, los secretos que los hombres persiguen, no le ofrecen sólo placer, sino conocimiento le ofrecen eternidad. Ulises se estremece, anhela ir hacia ellas, romper los nudos, abandonar el rumbo y desde el mástil grita, suplica a sus hombres que lo liberen. Pero ellos no oyen y continúan remando, inclinados sobre el esfuerzo, fieles a la orden que recibieron cuando todavía era dueño de sí.
Cuanto más insiste Ulises, más aprietan las cuerdas, como la vida cuando tienes que soltarla, el héroe escucha lo que nadie más puede oír, pero no puede obedecer a la voz que lo llama. La nave, sostenida por brazos sordos y disciplinados, atraviesa la zona del hechizo y poco a poco el canto se vuelve aire, luego distancia, luego memoria, solo aquello que recordamos como el perfume de una flor. Sólo entonces sus compañeros retiran la cera de sus oídos y desatan al rey de Ítaca Ulises ha escuchado a las sirenas y ha sobrevivido, no porque haya vencido su deseo, sino porque supo anticipar su derrota posible.
Esto muestra que el deseo no siempre aparece como amenaza, se muestra como belleza, inteligencia y promesa y las sirenas representan aquello que seduce al sujeto hasta apartarlo de su camino, Ulises, encarna la conciencia fragilidad y la posibilidad no consiste en ser inmune al canto, sino en aceptar que pudiese perderse si no establece límites.
El mástil y las cuerdas funcionan como Fe, contención, concentración y la tentación, está presente es la posibilidad del naufragio. La libertad no es hacer siempre lo que se desea en el instante, el capricho sino poder sostener una dirección aun cuando el deseo empuja hacia otro lado.
La enseñanza no es negar el canto de las sirenas, sino aprender a navegar cuando cantan conservar el deseo, pero dentro de un proyecto mayor, regresar a Ítaca, es tener claridad en lo que se ama. Regular esa tensión entre impulso y destino, entre canto y regreso.
Todos llevamos un canto de sirenas en algún lugar del alma, se trata de vivir, escuchar, encontrar la belleza de aquello que nos llama, saber a qué mástil atarnos cuando el canto se vuelve demasiado atrayente, aunque perderse también puede sonar hermoso, regresar a casa, al cuerpo, exige silencios. ¿Cuál es tu silencio más desgarrador?
Bibliografía
Homero, Odisea, canto XII, en traducción al español; y Pierre Grimal.
Diccionario de mitología griega y romana, Barcelona, Paidós.

