POR DR. ÁNGEL DARIÉN ZAPATA MARÍN
Septiembre es el mes patrio, ese mes en el que los mexicanos nos vestimos de mexicanos, adornamos las calles con banderas, cantamos canciones muy mexicanas, comemos platillos icónicos de nuestra gastronomía y, llegado el momento, gritamos a todo pulmón lo mexicanos que somos. Es una curiosa costumbre: durante unas semanas pareciera que el país entero recuerda aquello que nos une, aunque el resto del año pasemos buena parte del tiempo discutiendo precisamente sobre aquello que nos separa.
Septiembre es también el mes del testamento, un programa que, sin hacer demasiado ruido, ha dado buenos resultados para acercar a la población a algo tan importante como la seguridad jurídica y la posibilidad de dejar ordenada la última voluntad. No siempre fue así, durante mucho tiempo, hacer un testamento significaba enfrentarse a costos que para muchas familias resultaban prohibitivos y, por ello, la posibilidad de acudir ante un notario terminaba siendo una decisión que se postergaba indefinidamente. Ojalá algún día existiera un programa semejante para la transmisión de las herencias, porque una cosa es heredar y otra muy distinta vender; y es que amable lector ambas operaciones parece que causan el mismo impacto económico, aunque una herencia no suponga lucro o una contraprestación económica; por tratarse de la consecuencia jurídica de la muerte de una persona y la continuidad de su patrimonio en sus sucesores. No deja de resultar paradójico que una familia que durante años construyó un patrimonio y que, al perder a uno de sus integrantes, simplemente pretende conservarlo y transmitirlo dentro de la propia familia, pueda encontrarse nuevamente frente a costos que dificultan precisamente aquello que la sucesión debería facilitar: que los bienes tengan un propietario cierto y que exista seguridad jurídica.
Septiembre es también, según el imaginario colectivo mexicano, el mes de los temblores; el mes de los chiles en nogada, de las fiestas patrias, de las banderas en las ventanas y de las plazas llenas. Y este año, además, es el mes en que miles de estudiantes regresan a las aulas y con ellos regresan también sus padres a esa particular normalidad que combina mochilas nuevas con billeteras cada vez más delgadas, uniformes, útiles escolares, inscripciones, mensualidades y todos esos pequeños gastos que, acumulados, terminan recordándonos una realidad incómoda: el ingreso parece rendir cada vez menos frente al costo de vivir.
No es solamente un problema mexicano, en distintas partes del mundo se ha hecho visible un fenómeno que hace algunas décadas habría parecido casi contradictorio: tener empleo ya no implica vivir con cierta calidad de vida. Es lo que en términos económicos suele identificarse como working poor, o trabajadores pobres: personas que forman parte de la población económicamente activa, tienen un empleo e incluso cumplen jornadas completas, pero cuyos ingresos son insuficientes para cubrir adecuadamente sus necesidades y las de sus familias. La contradicción resulta brutalmente sencilla: trabajar sin poder alcanzar una vida digna (vivir sólo para trabajar y trabajar sólo para poder sobrevivir).
En medio de todo ello llegó el segundo informe de gobierno, acompañado por una realidad que contrasta con cifras oficiales, pues subsisten noticias que nos recuerdan que hay problemas que siguen ahí, golpeando con crudeza. Basta mirar los hechos recientes: el multihomicidio de una familia en el Estado de México -camilo séptimo-, un crimen particularmente atroz cometido, según las investigaciones, por dos presuntos responsables, que desde la perspectiva humana resulta difícil de comprender. También está el feminicidio de Claudia Tacoronte, quien tenía 21 años de edad, era originaria de España, estudiaba Educación Infantil en la Universidad de Granada y, en un intercambio académico con la UAEM, a las afueras de la Casa de la Cultura de Cuautla, lugar donde se hospedaba junto con otros participantes del evento, perdió la vida a manos de Francisco Javier “N”, alias “El Trompas”, un presunto homicida de una ciudad cuya realidad es innegable, perdió su esencia histórica, ha sido vulnerada una y otra vez por la indiferencia institucional y la apatía colectiva que la han dejado a la deriva constantemente y por lo mismo duele.
Quizá por eso septiembre, con el regreso a clases, nos coloca frente a una responsabilidad mucho más grande que comprar cuadernos, uniformes o pagar colegiaturas. Cada ciclo escolar representa una nueva oportunidad para dejar una huella en miles de niños y jóvenes que algún día serán los hombres y mujeres encargados de enfrentar los problemas de este país. En las aulas no solamente se enseñan matemáticas, historia, ciencias o literatura; también se aprende, de manera silenciosa, qué significa convivir con los demás, respetar al otro, hacerse responsable de los propios actos, trabajar por algo que vale la pena y entender que la libertad propia termina donde comienza la dignidad de los demás.
Ahí está uno de nuestros mayores desafíos: ¿cómo formar a una generación que no reproduzca los errores de la nuestra? ¿Cómo enseñarles que tener éxito no significa pasar por encima de los demás, que la inteligencia no sirve de mucho cuando carece de principios y que una sociedad no puede construirse únicamente desde el interés individual? ¿Cómo conseguir que nuestros jóvenes se sientan orgullosos de su país sin enseñarles a ignorar sus defectos; que amen a México precisamente porque desean verlo mejor, y que comprendan que pertenecer a una comunidad también significa tener alguna responsabilidad sobre ella?
Y es que en México existen razones para sentirse orgulloso, por su inigualable talento en prácticamente todos los rincones del país. Hay jóvenes que compiten y triunfan –México superó históricamente a China en el medallero del Campeonato Mundial Juvenil de Clavados; y la estudiante Morelense Maia Berenice Díaz Mondragón, se colgó una de las codiciadas medallas de oro en la Olimpiada Matemática de Centroamérica y el Caribe-; jóvenes que apoyados por familias que hicieron enormes sacrificios para que sus hijos lleguen más lejos de lo que ellos lograron, todo en medio de múltiples noticias que parecen empeñadas en convencernos de que todo está mal -violencia, corrupción, inflación, confrontación, ingobernabilidad, etc- existen historias que nos recuerdan que México sabe ganar, que nuestro país no carece de talento, pues lo que falta muchas veces es que ese talento encuentre las condiciones para crecer.
Por ello, las noticias que hablan de los incontables asesinatos, corrupción, pobreza, abusos, confrontaciones políticas y tragedias que parecen repetirse con una frecuencia preocupante por su aparente cotidianeidad, esas noticias no son México; o, mejor dicho, no son todo México.
México también son los abrazos de una madre, la comida que se prepara en familia, la sobremesa que se alarga sin que nadie mire el reloj, las sonrisas de los amigos, los niños regresando a la escuela, los abuelos contando una historia que ya hemos escuchado ocho veces, el vecino que ayuda, el desconocido que extiende la mano, la música que aparece en una reunión y consigue que todos terminen cantando aunque nadie tenga buena voz. México son nuestros recuerdos, nuestras familias, nuestras costumbres, nuestros paisajes y esas pequeñas experiencias que casi nunca llegan a las primeras planas, pero que constituyen la verdadera vida de millones de personas, por eso septiembre tiene algo de contradictorio y, al mismo tiempo, de profundamente mexicano. Nos obliga a mirar lo que somos con todas nuestras virtudes y todos nuestros defectos. A reconocer que tenemos problemas graves, pero también personas extraordinarias; que hay violencia, pero también solidaridad; que existe corrupción y desigualdad, pero también talento, esfuerzo y generosidad; que no todo está bien, pero tampoco todo está perdido.
Así que sí, septiembre es el mes de las banderas, de los sombreros, de los mariachis, de los chiles en nogada y del grito, pero también puede ser el mes para recordar que debajo de todos esos símbolos existe un país real, complejo, contradictorio y extraordinario, construido todos los días por millones de mexicanos que en silencio, trabajan, estudian, crían a sus hijos, cuidan a sus familias, emprenden, crean, compiten, ayudan y simplemente intentan salir adelante, por ello, por todos ellos amable lector, con el corazón puesto en este pedazo de tierra que llamamos casa, ¡Viva México!

