Por Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez
La definición de los primeros coordinadores estatales de Morena rumbo a 2027 permite observar una transformación que trasciende la distribución de candidaturas y cargos partidistas. Lo que está en juego es el desplazamiento gradual del centro de gravedad de la Cuarta Transformación. Claudia Sheinbaum no necesita confrontar públicamente a Andrés Manuel López Obrador para consolidar su autoridad. Puede hacerlo mediante una operación menos estridente: reorganizar las lealtades, modificar los equilibrios internos y ocupar, progresivamente, los espacios desde los que se decide el futuro del movimiento.
Hasta el 15 de septiembre de 2026, el partido había definido diez coordinaciones estatales rumbo a las elecciones de 2027. Aunque estos nombramientos no constituyen formalmente candidaturas, sí representan un mecanismo para ordenar las estructuras territoriales y perfilar a quienes encabezarán la siguiente etapa de la competencia política.
La composición de esa lista permite advertir una combinación de continuidad y reajuste. Figuras como Nora Ruvalcaba, Imelda Castro, Beatriz Mojica y Carlos Torres Piña forman parte de la trayectoria política de la Cuarta Transformación, pero sus designaciones también deben leerse a la luz de las relaciones de poder que cada entidad mantiene con el gobierno federal y con las dirigencias locales.
En Baja California, por ejemplo, la selección de Julieta Ramírez se produjo en un contexto de tensiones con el grupo de la gobernadora Marina del Pilar Ávila. En Zacatecas, la designación de Verónica Díaz provocó cuestionamientos de sectores del PT y de actores internos que reclamaron mayor transparencia en las encuestas. Estos episodios muestran que la reorganización partidista no es un proceso exento de conflictos.
Sin embargo, sería apresurado interpretar cada nombramiento como una imposición directa de la presidenta o como una derrota automática del obradorismo. Las decisiones internas de Morena responden a múltiples factores: trayectorias personales, acuerdos territoriales, alianzas legislativas, intereses de los gobernadores y negociaciones entre las fuerzas que integran la coalición oficialista.
Todo movimiento político que llega al gobierno enfrenta una tensión inevitable: conservar la identidad que le dio origen o adaptar sus estructuras a las exigencias de quien ahora ejerce el poder institucional. Morena no es la excepción. Su historia está vinculada a la figura de López Obrador, a su liderazgo electoral y a una forma particular de construir cohesión política.
El gobierno de Sheinbaum, sin embargo, requiere desarrollar sus propios mecanismos de interlocución, sus propias alianzas y su propia capacidad de conducción, necesita consolidar una autoridad suficiente para conducir al partido, pero también preservar los acuerdos que permiten a Morena mantener su capacidad de articulación electoral. Una concentración excesiva de las decisiones puede fortalecer el liderazgo presidencial en el corto plazo y, simultáneamente, generar resistencias entre quienes perciban que han perdido espacios de participación.
El dilema es clásico: cómo transformar una coalición de corrientes en una estructura de gobierno sin desarticular las fuerzas que la hicieron posible.
La selección de coordinadores estatales no permite concluir, por sí sola, que el obradorismo haya perdido el control de Morena. Lo que sí permite es identificar una transición en curso. La política mexicana ha demostrado que el poder no siempre cambia de manos mediante rupturas espectaculares. A veces se transforma a través de nombramientos, silencios, acuerdos y desplazamientos graduales. La autoridad se redefine cuando los actores políticos comprenden quién tiene la capacidad efectiva de decidir y quién debe negociar para conservar su espacio.
Claudia Sheinbaum parece estar construyendo esa capacidad sin renunciar públicamente a la herencia de su antecesor. El éxito de esa estrategia dependerá de su capacidad para convertir el control institucional en cohesión política.
En 2027, las urnas medirán la fuerza electoral del partido. Antes de eso, sus procesos internos ofrecerán otra respuesta, quizá menos visible, pero políticamente decisiva: si la Cuarta Transformación seguirá siendo un movimiento organizado alrededor de un liderazgo histórico o si se convertirá, gradualmente, en un proyecto de poder bajo una nueva conducción.

