JUAN LAGUNAS P.
La historia del plectro japonés suele leerse como una progresión hacia el sedimento de la naturaleza y la melancolía del instante. Empero, en las hondonadas del grado Muromachi y el convulso período Sengoku (1338–1573), manó una frecuencia disconforme que, sin desistir a la sensiblería usual, decidió mirar la pretina complexa de lo frecuente.
Yamazaki Sokan (1465–1553), de nombre secular: Shina Norishige y calígrafo del sogún Ashikaga Yoshihisa, representa un paraje quebrante notable. Abandonó los redondeles hidalgos para enfundarse los hábitos de beato budista y recluirse en una capilla.
Más que un retiro místico al estilo clásico, su alejamiento fue una inmersión en la cultura urbana y popular que germinaba en los márgenes de Kioto. Es una baca arqueológica del haikú moderno a través del hokku y el haikai-no-renga; es el artífice de una poética del descentramiento.
Su obra subvierte la rigidez aristocrática del renga ortodoxo, mediante el ingenio, el humor punzante y la trivialidad, inaugurando un territorio donde lo sagrado y lo grotesco coexisten.
La democratización del verso: del renga cortesano al haikai. Acá: la perspicacia proficiente:
“Si a la luna llena
se le pone un mango,
¡un abanico!”.
Resumidamente: diana de estío. Un soplillo. Y, en seguida, más en torno a la rendimiento temporal:
“Bajo la helada luna,
el sauce desparrama su sombra
como un largo adiós”.
Otro:
“Caen las hojas secas;
el viento busca en el bosque
un refugio antiguo”.
En el primer caso, el recuadro del salguero y su sombra proyectan un sentimiento de melancolía terrenal, contrastando con la displicencia perdurable del dependiente. La penumbra interviene como un pasadero percibido hacia la nostalgia.
«Una gota de rocío…»: éste encapsula una de las esencias más puras de la decorativa japonesa (mono no aware). Una partícula diminuta e impermanente: el rocío, que se reconcilia en el instintivo de la compleción del infinito.
Por ende, el renga (poesía inmovilizada) era un ejercicio de procedimientos métricos estrictos, donde maestros -como S?gi- velaban por la compostura de la enumeración.
Por consiguiente, al abrir las compuertas del haikai, aquél legitimó la serosidad, el descaro, la cultura popular y la mirada oblicua sobre los objetos pedestres. Su legado radica en habitar las hendeduras de la germanía: el pasmo, que no requiere de epifanías.

