POR JUAN LAGUNAS P.

Mi madre está ENFERMA. Lo supe por una llamada (de mi hermana). De inmediato, la angustia -en mi alma-. Las estrellas son un fastidio. La noche, pena. Mi apariencia está llena de sollozos. No sé qué hacer. El abandono me aísla en la insignificancia de la palabra no escrita. 

La voz de aquéllos, en silencio. No ven. Caminan en la soledad. Andan en el aire de la tierra. Son insulto iracundo de inconformidad. Al lado, el circunstancial regocijo, que me reprende… Ensamblado en cabestro. Soy… Fui… No debo volver a su cuerpo… A su vientre. Perdóname: te laceré, sin saberlo. Produje un padecimiento incontable en tu ánimo. 

No la he enmendado. Fui huésped de su pecho, donde no respiré. La enfermedad es un roce: desvelo nimio. 

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”, dice César Vallejo, en “Los heraldos negros”.

Quiero irme. No ser. Pizarnik me alienta (deslumbrándome con la postración):

“Hablo de la ausencia de las primeras palabras, hablo de la noche que se asienta en la garganta de los que aman”.

Te necesito, mamá. Y, a la vez, no. Tienes unos ojos que no se cierran. Mueves tu mano derecha y… Sojuzga el silencio. Torundas. Doblas la indumentaria. Lavas el ultraje. Pones lamentos en el descomedimiento. Federico García Lorca te busca:

“¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser planta! / Y qué esfuerzo de la planta por ser sombra”.

La lasitud, atrevimiento de nunca. Tápame. Tengo frío. Vamos a hincarnos a orar. Mis manos se entumen. Voy hacia la desesperación: la pérdida. Miguel Hernández:

“No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura…”.

No debo vivir. Esa ausencia del letrero: “la hora, 7 pesos”. Mándame a la tienda, con una bolsa de linóleo: ¿aceite, legumbres? ¿Grados de conjetura? Vallejo insiste:

“Madre, voy mañana a Santiago, a mojarme en tu bendición y en tu llanto…”.

Olvídame. No merezco tu ternura. Aún presiento la madera de la cumbre inquieta. Despídeme de ti. Tengo fatiga: solera… ansiedad. El lenguaje se agrieta.

Te quiero. A la distancia, cuidado: noche insolente. El cinismo: mi pensamiento: la continuación de la ropa (en la habitación). 

La impiedad: centelleo: el hircismo del desviamiento. Dámaso Alonso, en Hijos de la ira (“Insomnio”), expresa:

“Y estoy aquí, como un tronco podrido (…) / sintiendo el hedor de la miseria humana…”.

Se hace tarde. Voy a obstruir la lucerna. 

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