Salmo: 22:6: “Mas yo soy gusano, y no hombre…”.
POR JUAN LAGUNAS
La nada es palabra. Yo, ni eso. El desprecio, aire que ahoga. No me necesitan. Podría, ahora, quedarme en silencio -en la oscuridad umbría de la amargura en el alma-.
¿Cómo se adhiere la ausencia a la minucia del agravio?: con el tiempo incontenible, que pasa (estacionario). El otro, a través de la ira, camina: la prescindibilidad. El despego raptado y la indiferencia. Matarse. Dejarse diluir…
El repliegue, rendición. No se puede: suspensión autoimpuesta. Debo irme. ¿Cuándo? En la rescisión: repudio de la discordia: encono de la desavenencia. Trasponme, Señor. Un repugnante -como yo- no debe respirar. Despojo: ahogo. He llorado más: durmiendo. Octavio Paz, en “Piedra de Sol”:
“El mundo cambia / si dos se miran y se reconocen”.
Aislamiento disponible. No hay imperturbabilidad. La lluvia de entre semana, el calor, las caídas y el deslumbre del viento, excusados. En “l(a”, E. E. Cummings cavila sobre lo insoportable:
“l(a
le
af
fa
ll
s)
one
l
i
n
ess”
El desconsuelo es elegía. El escaldo habla de un gimo colérico: desprendimiento de un pecíolo en entretiempo. Tendencia antigregaria y suspicaz. En la penúltima línea, la letra “i” (que en inglés también significa “yo”) queda sola, a nado.
El espacio en blanco (la sordina de la plana) sojuzga el vocablo. Un segundo de desenlace: el remoquete. El abatimiento más penetrante no surge de la catástrofe, sino de la toma de conciencia de la maleabilidad. El destino final es la demora.
Desdén por las mayúsculas:
Una colgadura: otros poetas modernistas de su época, como T.S. Eliot o Ezra Pound, buscaban la renovación a través de la complejidad alusiva y cultural.
Las minúsculas aquél, un motín contra la inclemencia graduada de la germanía.




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