Juan Lagunas P
“Balladeâ€, de Debussy, está inmersa en la melancolÃa. La cadencia, en el aire, se inmiscuye en la percusión. El polvo oye. La soledad, desde la nada persuasiva, desciende en la ausencia.
La impaciencia de entre los dÃas aciagos es necesaria. Ese atisbo infausto (que data de 1990) persigue el ácido fórmico. Sabines lo expresa asÃ: “Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigasâ€.
Vuelve lo que jamás se precipitó. La calle está inundada. La lluvia impele las hojas de los árboles inexistentes. Sobre la tierra, la toba de brozas entrelazadas. Espesura de ti. Mar sin olas. Dice Paz: “Pulsación tranquila del mar a mediodÃa…â€. No es posible que la niebla descienda. Ésta está suspendida. Es un cielo que cae (o se congrega con el subsuelo). Tus brazos están deshaciéndose dentro del ataúd.
La tarde, incoherente: sólo se ve la dominancia apical. Eres fronda. Prélude. Menuet… En “Mañana lentaâ€, Dámaso Alonso sisea:
(…)
cielo azul,
campo verde,
tierra veraniega.
Por doquier, el desquicio, la amargura de la incomodidad de tu cuerpo sobre el mÃo. La repetición: permanencia desencadenada: un buque que está perdido en el vacÃo de la somnolencia. Aquél insiste:
Y tú, mañana, que me llevas.
carreta
demasiado lenta,
carreta demasiado llena
de mi hierba nueva,
temblorosa y fresca,
que ha de llegar —sin darme cuenta—
seca.
Al fin, el salterio de aborrecimiento. Liturgia de ojeriza. Asà andan en la ceguedad de los sucesos inconclusos del ostracismo de la cesación (en medio de la insuficiencia del momento impasible). El miedo…
En “Viento de nocheâ€, como un desvelo, el vate español teme:
La noche no tiene sueño.
Y el hombre, entre sueños, piensa.
Y el hombre sueña, dormido,
que el viento es un can sin dueño,
que aúlla a sus pies tendido
para lamerle el ensueño.
El desleimiento no acaba. Al contrario, el torbellino de la oscuridad de obertura es inacabable.

