Juan Lagunas P
El destiempo discurre (como un relente en la pared). En el entorno, una desviación -extravÃo de ti-: tu ausencia cae a sotavento, en un ángulo de abatimiento de crujÃa. Bote que está sin cubierta; rada, desabrigada… Un precipicio costero y oscuro.
En el cielo, guedejas de envidia. La grisura de tus labios se hunde en la tierra insólita. Lejos, cerca; la indiferencia de tus ojos es viento del sudoeste. Pones brioles en las velas; te apartas… Me dejas ante peñascos (agujas) a flor de agua. El velamen maniobra; empero, el horizonte se vuelve calima.
¿Qué queda? ¿Qué crea el desprecio? El alma forma un cabo de siete cordones -en guindaleza-. En el fondo, cantiles. La superficie, vélica. Sobre las nubes, la beta alquitranada, que se pasa por los ojos de las vigotas de los obenques. Asà se protege el corazón. José de Espronceda hala los acolladores en “El solâ€:
Para y óyeme ¡oh sol! yo te saludo
y extático ante ti me atrevo a hablarte:
ardiente como tú mi fantasÃa,
arrebatada en ansia de admirarte
intrépidas a ti sus alas guÃa.
La irradiación de tu ofensa empuja el viento al paraje de olvido. El buque, varado. Las tablas se curvan en sentido transversal. Sin estrepada… Y:
¡Ojalá que mi acento poderoso,
sublime resonando,
del trueno pavoroso
la temerosa voz sobrepujando,
¡oh sol! a ti llegara
y en medio de tu curso te parara!
¡Ah! Si la llama que mi mente alumbra
diera también su ardor a mis sentidos;
al rayo vencedor que los deslumbra,
los anhelantes ojos alzarÃa,
y en tu semblante fúlgido atrevidos,
mirando sin cesar, los fijarÃa.
Adrizas. Pretendes contrarrestar la escora con el peso de la tripulación, al lastre. Formas adujas: vueltas a la palabra: continuidad de botavara. Das a los toldos las inclinaciones convenientes para que despidan el agua de la lluvia. Haces presa. El vate sigue:
¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!
¡Con qué sencillo anhelo,
siendo niño inocente,
seguirte ansiaba en el tendido cielo,
y extático te vÃa
y en contemplar tu luz me embebecÃa!
De los dorados lÃmites de Oriente
que ciñe el rico en perlas Océano,
al término sombroso de Occidente,
las orlas de tu ardiente vestidura
tiendes en pompa, augusto soberano,
La toldilla, quieta. La serenidad de la insistencia es oscilante. Entre el través está la señal incomprensible: tú. Tengo que malvivir. Al final:
y el mundo bañas en tu lumbre pura,
vÃvido lanzas de tu frente el dÃa,
y, alma y vida del mundo,
tu disco en paz majestuoso envÃa
plácido ardor fecundo,
y te elevas triunfante,
corona de los orbes centellante.
Mi aliento: porción de filásticas…

