Por Valeria Milán
A partir del tres de noviembre del presente año entra en vigor a nivel federal la restricción (regulación) del uso de telefonía celular y pantallas (tabletas) en los salones de clases de primarias y secundarias de nuestro país, esto es bueno según la psicología, y para nada es una postura tecnofóbica, es más bien una postura neurocientífica, humana y, hoy, legal.
Esto es porque el proceso enseñanza aprendizaje necesita tres elementos básicos: atención, vínculo y presencia.
Y el uso de la telefonía celular es el principal enemigo de los tres. Se ha vuelto el principal distractor de los alumnos y de las personas en general.
En realidad, lo que busca regular esta media es el uso indiscriminado por las niñas, niños y adolescentes de las redes sociales.
No podemos pedirle a un niño de primaria o secundaria que compita contra un aparato que precisamente está diseñado por cientos de ingenieros para generar dopamina, adicción y distracción constante.
La corteza prefrontal, encargada de la autorregulación y el control de impulsos, no termina de madurar hasta después de los 20 años, y ponerle a un niño en la mano un casino portátil de notificaciones y decirle «úsalo con responsabilidad» es una irresponsabilidad de los adultos, debido a que ni los adultos hacen buen uso de los teléfonos celulares.
Con el celular en la banca no hay aprendizaje profundo. Hay atención dividida, ansiedad y cero tolerancia al aburrimiento, que es de donde nace la creatividad.
Lo más grave es el déficit de valores: cambiamos el patio por la pantalla y el diálogo cara a cara por el chat, el resultado es menos empatía, menos respeto al maestro y más violencia (bullying) que ya no se queda en la escuela, sino que persigue al niño hasta su cuarto 24/7.
Es importante decir que esta medida no viola derechos humanos y, menos, la libertad de expresión, ya que lo que se regula es el uso dentro de un espacio educativo, no la propiedad del dispositivo.
Es como prohibir entrar con balones a la biblioteca.
La medida está sustentada en el interés superior de la niñez, que debe estar por encima del entretenimiento, y lo consagra el derecho constitucional a tener educación de calidad, que hoy está siendo afectado, entre otras cosas por la distracción que genera un celular.
La escuela pública o privada tiene la facultad, y diría la obligación, de establecer reglas de convivencia para garantizar el aprendizaje. Restringir el celular no es censura, es orden, esta ley no es un castigo, es protección, es devolverle al niño su derecho a estar presente, a aburrirse, a mirar a los ojos, a jugar. Es devolverle al maestro su aula y al patio su función: convivir.
La tecnología tiene su momento y su lugar, con fines pedagógicos y supervisados, pero el recreo es para recrearse, la clase es para atender y la infancia es para vivirla, no para grabarla.
Educar también es poner límites. Y poner límites también es amar, es educar y ante todo convivencia social, para retornar la paz a nuestro estado.

