POR: JUAN LAGUNAS P.
“El mar exige poemas”, expresa Vicente Quirarte. Me he quedado detenido ante el oleaje, sin hablar… Solo (de noche). Y, no… La nube se encubre (en evidencia).
Fue lo primero que sentí. En “Lotes baldíos”, Morábito devala un núcleo metafísico y estético de un plectro que busca la respiración, el temblor de lo inconcluso y la revelación de lo anónimo.
El territorio de la oquedad:
El día, fuera de ansiedad, es repleción demográfica. No soy de este momento, aunque surja el instante. Lo desprecio. El callejón es encierro y, en determinación, escape.
Lo ideal, ahora: entrar en la habitación y, en seguida, poner punto a la vida: desavenencia en la saturación territorial: oquedad en lo concreto: un paréntesis (matarme). Ella es tierra abandonada. Habla. ¿Para qué?
El vate incognoscible es este:
“El viento, más
que yo,
de solo tres o cuatro bocanadas,
y el mar expropia las palabras
que te digo, porque, acostada,
no me oyes”.
Incluso, en el alba, no oye. Ninguna mujer es capaz de amar. Destruye el anhelo. Vuelve. Se va. Y, en ese orden, cae. No dice nada. Acata. Traduce el pensamiento. Mueve el despliegue. Asesina (con desprecio).
Aquél:
“viendo mis huellas que se imprimen
en la arena, pienso que esas pisadas mienten,
que ya no piso así desde hace no sé cuándo;
son huellas de otro
que sobrevive en mis pisadas,
pues las mías
son mucho menos elocuentes.
Tú, en cambio, que me ves
completo e indivisible…”
Soy desapego: transitoriedad: sofocación. La voz poética huye de las gesticulaciones retóricas: aspereza verbal: la sobriedad… Un desprendimiento de ti:
“No: los amigos de siempre, la lengua, la que hablo.
Me he revuelto en tus aguas
volcánicas y urbanas
hasta al fin conocerme, y si al hablar cometo
los errores de todos, me digo: soy de aquí…”.
Tengo que irme…

