POR DR. ÁNGEL DARIÉN ZAPATA MARÍN
Amable lector hay noticias que no deberían leerse como otra más, pues algunas nos obligan a detenernos, incluso en esta constante vorágine noticiosa, algunas simplemente nos llevan a preguntarnos qué clase de sociedad vivimos o estamos construyendo.
En Zacapu, Michoacán, un colectivo civil encontró un crematorio artesanal después de advertir columnas de humo en las inmediaciones de un basurero. Entre cenizas y restos aparecieron piezas dentales infantiles. La cifra que ha trascendido resulta estremecedora: alrededor de 1,600 dientes de leche localizados durante las labores de búsqueda realizadas en el sitio. Algunas estimaciones públicas han intentado asociarlos con decenas de menores, hasta aquí lo que podría parecer otra noticia aterradora… pero deténgase un poco para asimilarlo, ¡eran dientes de niños!, ¡sí!, ¡niños pequeños!, que por la cantidad probablemente fueron más de cien. Esto, resulta difícil de ignorar porque mientras una parte del mundo se encuentra preocupada porque cada vez nacen menos niños, en México hay madres que recorren cerros, basureros, terrenos abandonados y predios clandestinos tratando de encontrar a los que ya nacieron y un día desaparecieron.
¿Para qué queremos que nazcan más niños si ni siquiera somos capaces de garantizar que los que ya existen puedan vivir, crecer y llegar a la edad adulta?
La pregunta evidencia una realidad incómoda, en la que el mundo desarrollado lleva varios años enfrentándose a un fenómeno que los demógrafos llaman declive de la tasa de reemplazo (2.1 nacimientos por mujer). Las generaciones jóvenes son cada vez más pequeñas, mientras aumenta la proporción de personas mayores.
Japón ha convertido el problema demográfico en una preocupación nacional. Alemania enfrenta también un proceso de envejecimiento y baja fecundidad. Italia y España llevan años hablando de su particular «invierno demográfico». Corea del Sur ha llegado a niveles de fecundidad extraordinariamente bajos, la más baja del mundo. Rusia enfrenta las consecuencias humanas de la guerra sin sentido en la que se enfrasco con Ucrania.
Y las consecuencias no son solamente estadísticas. Menos nacimientos significan, con el paso de las décadas, menos personas en edad de trabajar, menos contribuyentes para sostener los sistemas de pensiones, mayor presión sobre los servicios de salud y una población progresivamente envejecida. Por eso diversos gobiernos han comenzado a ofrecer incentivos para que sus ciudadanos tengan hijos: apoyos económicos, guarderías, permisos parentales, estímulos fiscales y políticas destinadas a hacer compatible la maternidad con la vida laboral, en nuestro país también ya saltaron las señales de alarma por el descenso demográfico, no a los niveles alarmantes de los anteriores países, pero si amable lector, México ya forma parte de este creciente fenómeno global.
Esto subyace una pregunta fundamental. ¿Por qué una persona debería querer traer un hijo al mundo?, ahí es donde comienza una discusión mucho más profunda, ya que en distintos lugares del mundo han surgido movimientos que cuestionan precisamente esa obligación social de tener hijos.
En Estados Unidos y Europa se habla de childfree, birth strike o NoMo —abreviatura de No Mothers— para expresar la decisión de algunas mujeres de no tener hijos mientras consideren que las condiciones económicas, laborales, ambientales o sociales no permiten hacerlo de manera digna. Una de las frases que resume esta postura resulta particularmente provocadora: “If capitalism won’t value our labor, we won’t produce its future workforce.” -«Si el capitalismo no valora nuestro trabajo, no produciremos su futura fuerza laboral»-.
La idea es sencilla, aunque sus implicaciones son enormes: si una sociedad necesita nuevos trabajadores, contribuyentes y consumidores para sostener su futuro, entonces también debería preguntarse qué ofrece a las mujeres que habrán de tener y criar a esos futuros ciudadanos.
No se trata únicamente de dinero, se trata de tiempo, seguridad, empleo, salarios, guarderías, salud, corresponsabilidad familiar y, por su puesto en América Latina, aparece un elemento adicional que vuelve todavía más compleja esta discusión: el miedo.
En Corea del Sur surgió el movimiento 4B (en coreano «Bihon, bichulsan, biyeonae, bisekseu»), identificado con cuatro negativas: no matrimonio, no maternidad, no citas, y no sexo con hombres. Más allá de las distintas interpretaciones que existen sobre su magnitud e impacto, representa una expresión radical de rechazo a determinadas condiciones sociales que sus participantes consideran incompatibles con la vida que desean, de ahí que la frase “My womb is not state property.” –«Mi útero no es propiedad del Estado»- que nos lleva a reflexionar también sobre nuestro País, ya que antes de preguntarnos cuántos hijos necesita México -tasa de remplazo-, quizá cabria preguntarnos si existen las condiciones para ello y es que aquí no solamente tenemos mujeres que deciden no ser madres, tenemos madres que ya lo fueron y después tuvieron que convertirse en buscadoras. Madres que dejaron de buscar guarderías para buscar fosas, que dejaron de preocuparse por las calificaciones de sus hijos para aprender a reconocer restos humanos, que aprendieron de antropología, criminalística, geología y genética porque las circunstancias las obligaron a hacer tareas que, en una sociedad funcional, corresponderían a las instituciones del Estado.
Y esto tampoco es nuevo, México lleva años enfrentando una crisis de desapariciones que ha alcanzado dimensiones reconocidas incluso por organismos internacionales (ONU).
El caso del Rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco, volvió a colocar frente a la sociedad imágenes difíciles de procesar: prendas de vestir, objetos personales, indicios de restos humanos y estructuras que según diversos testimonios periodísticos fueron utilizadas, por organizaciones criminales para fines que recrean el mismo infierno en la tierra.
Ahora, Michoacán nos coloca nuevamente frente a una palabra que debería paralizarnos, como lo hizo conmigo y aun no lo logro asimilar, ¡niños!, no cifras, no estadísticas, no «daños colaterales», sólo niños.
Entonces regreso a la pregunta inicial. ¿Para qué queremos más población?
¿Para quién estamos produciendo esa población?
Quizá por eso el debate demográfico necesita cambiar de dirección. No podemos hablar únicamente de cuántos mexicanos necesitamos para el futuro, tenemos que preguntarnos primero qué clase de México estamos construyendo para esos mexicanos, e incluso en que país vivimos actualmente, resulta paradójico que mientras algunos países ofrecen dinero para convencer a sus ciudadanos de tener hijos, en otros lugares las mujeres observan las condiciones sociales y concluyen que traer un niño al mundo implica exponerlo a riesgos que no están dispuestas a aceptar, en nuestra nación aunque nos dicen que necesitamos más niños, al mismo tiempo existen madres buscando a los que ya no están. Por eso la verdadera pregunta es: ¿Para qué queremos más mexicanos si todavía hay madres que tienen que salir a buscarlos?
¿Cómo pedir más hijos cuando no podemos proteger a los que ya existen?
Desde esa perspectiva amable lector, ¿le parecen descabelladas las premisas de los movimientos antinatalistas a los que ya he hecho mención?, frente a un Estado en el que pareciera concluir: «Necesitamos que tengan más hijos, pero todavía no hemos resuelto cómo proteger a los que ya tienen», ¿cómo tener más hijos si la Nación no puede garantizar que nuestros niños estarán aquí para verlos crecer?, por eso amable lector la noticia de los 1,600 dientes de leche encontrados en Michoacán quebró mi corazón.

