Por Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez
Septiembre es, en México, el mes de la soberanía. Pero la soberanía de un Estado no se mide solamente por la fuerza de sus símbolos ni por la intensidad de sus discursos patrióticos. También se mide por su capacidad para tomar decisiones propias cuando las circunstancias cambian.
A dos años del inicio del gobierno de Claudia Sheinbaum, comienza a hacerse visible una pregunta que será decisiva para el futuro de su administración: ¿hasta dónde podrá construir una agenda propia sin romper con la fuerza política que la llevó al poder?
La respuesta todavía está en construcción. Pero algunos movimientos recientes permiten advertir un cambio relevante: en áreas estratégicas como los hidrocarburos, las finanzas públicas, las aduanas y la seguridad, el gobierno parece avanzar desde la lógica de la continuidad política hacia una lógica más pragmática de administración del Estado.
No necesariamente estamos ante una ruptura con Andrés Manuel López Obrador. Tampoco sería razonable esperar que ocurriera de esa manera. Sheinbaum llegó a la Presidencia como heredera de un proyecto político, de una estructura partidista y de una base electoral construida durante años alrededor del liderazgo de López Obrador.
Pero gobernar exige algo distinto de heredar una identidad política. Exige tomar decisiones propias. Y esa puede ser, en realidad, la emancipación más importante que enfrente la presidenta.
Uno de los terrenos donde esa autonomía comienza a observarse es el energético. Durante el gobierno de López Obrador, la política petrolera estuvo estrechamente vinculada a una concepción política de la soberanía: fortalecer a Pemex, reducir la participación privada y avanzar hacia una mayor autosuficiencia energética fueron presentados como objetivos centrales del proyecto nacional.
El problema fue que la realidad económica y energética no siempre acompañó esa visión. La producción petrolera, las necesidades financieras de Pemex, la dependencia del gas natural importado y las exigencias del sistema eléctrico terminaron imponiendo límites que ningún discurso podía eliminar.
En ese contexto, el Plan de Desarrollo del Sector Hidrocarburos 2025–2039 puede leerse como algo más que un documento de planeación. Representa, al menos en algunos aspectos, un reconocimiento de esos límites. El objetivo ya no parece ser alcanzar una cifra de producción por razones principalmente políticas, sino establecer una plataforma que permita sostener las finanzas de Pemex, garantizar el suministro energético y reducir vulnerabilidades.
La diferencia es importante. Una política energética madura no debería preguntarse únicamente cuánto petróleo puede producir México, sino cuánto necesita producir, cuánto puede financiar y qué combinación de inversión pública y privada permite garantizar el suministro sin trasladar indefinidamente los costos al Estado.
Ese razonamiento también explica el acercamiento a esquemas de colaboración con empresas privadas. No significa abandonar la soberanía energética. Significa entender que la soberanía no necesariamente consiste en hacerlo todo desde el Estado. En determinadas circunstancias, compartir capital, tecnología y riesgos puede fortalecer la capacidad del Estado en lugar de debilitarla.
El gas natural ofrece quizá el ejemplo más evidente de la distancia entre el discurso y las necesidades concretas del país. México depende fuertemente del gas importado, particularmente del proveniente de Estados Unidos, mientras una parte sustancial de su generación eléctrica depende de este combustible.
Esa realidad obliga a abandonar cualquier aproximación puramente ideológica. La discusión sobre los recursos no convencionales y el fracking, por ejemplo, no debería plantearse como una disputa entre nacionalistas y privatizadores, ni entre ambientalistas y desarrollistas. Debería plantearse como una cuestión de seguridad energética, costos, tecnología, impacto ambiental y capacidad regulatoria.
El segundo movimiento relevante se encuentra en un terreno mucho más delicado: la investigación de redes vinculadas al llamado huachicol fiscal.
Durante los últimos años, el discurso oficial insistió en que el combate al robo de combustibles había producido resultados significativos. Sin embargo, la evolución del fenómeno mostró que el problema no desapareció: cambió de forma. El contrabando de combustibles encontró mecanismos más sofisticados para evadir impuestos y aprovechar las vulnerabilidades del sistema aduanero.
Las investigaciones que han alcanzado a funcionarios y mandos vinculados con las estructuras encargadas de administrar puertos y aduanas tienen, por ello, una importancia que va más allá de los nombres involucrados. Si existen responsabilidades penales, deben investigarse y juzgarse.
Aquí aparece el punto político de fondo.
Claudia Sheinbaum no necesitaba romper públicamente con López Obrador para comenzar a gobernar de manera distinta. Una ruptura de esa naturaleza habría sido políticamente costosa y, probablemente, innecesaria. Lo que necesitaba era algo más difícil: construir autoridad propia sin destruir la coalición que sostiene a su gobierno.
Los cambios en política energética, las investigaciones sobre corrupción en las aduanas y una mayor racionalidad económica pueden ser señales de autonomía. Pero también pueden ser ajustes administrativos dentro de un proyecto que conserva buena parte de sus premisas originales.
Hay otra cuestión que conviene plantear desde ahora. Si el gobierno comienza a corregir algunas de las políticas que durante años fueron motivo de controversia, la oposición tendrá que decidir qué quiere hacer con esa nueva realidad. Una oposición democrática no debería rechazar automáticamente todo lo que provenga del gobierno. Si una política es correcta, debe reconocerse.
La independencia política de una presidenta no se demuestra cuando contradice a su antecesor por razones simbólicas. Se demuestra cuando es capaz de tomar decisiones que responden a las necesidades del país, incluso cuando esas decisiones resultan incómodas para una parte de su propia coalición.
Ese proceso apenas comienza.

