Por Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez
Hay momentos en que una historia cambia por completo cuando se prescinde de las narrativas oficiales y se observan únicamente los hechos. El caso de la captura de Ismael El Mayo Zambada es uno de ellos.
Durante meses, la explicación pública osciló entre una supuesta entrega voluntaria, una traición entre integrantes del Cártel de Sinaloa y un operativo del que, según la versión inicial de Washington, el gobierno estadounidense tenía un conocimiento limitado. Sin embargo, las investigaciones periodísticas recientes, las contradicciones reconocidas por la propia Fiscalía General de la República y la información que ha emergido en ambos lados de la frontera permiten reconstruir una secuencia sustancialmente distinta de los acontecimientos.
La palabra que mejor resume lo ocurrido no es captura. Es extracción.
No se trató simplemente de que un capo abordara un avión y terminara en territorio estadounidense. Vista desde la cabina del Beechcraft King Air que realizó el vuelo, la operación adquiere una dimensión distinta. El piloto no ejecutaba únicamente un traslado; operaba en un espacio donde convergían dos intereses estratégicos: por un lado, la maniobra atribuida a Joaquín Guzmán López y al grupo de Los Chapitos; por el otro, un aparato de inteligencia estadounidense cuya prioridad era garantizar que la aeronave ingresara sin contratiempos a territorio norteamericano.
Las consecuencias institucionales fueron profundas.
Estados Unidos obtuvo la custodia del narcotraficante más emblemático e inalcanzable de las últimas décadas.
México perdió la conducción política y jurídica de un caso cuyos hechos centrales ocurrieron, en buena medida, dentro de su propio territorio.
Y Sinaloa quedó atrapado en una guerra abierta entre la Mayiza y la Chapiza, cuyas consecuencias continúan cobrándose vidas y debilitando aún más la capacidad del Estado para ejercer el monopolio legítimo de la fuerza.
Paradójicamente, el mayor éxito de Washington no consistió únicamente en capturar a El Mayo Zambada. Consistió en demostrar que era posible ejecutar una operación de esta magnitud sin que el Estado mexicano controlara plenamente su desarrollo ni su desenlace.
Esa es la verdadera dimensión geopolítica del caso.
Porque la soberanía no se pierde únicamente cuando un ejército extranjero cruza una frontera. También se erosiona cuando un Estado deja de conducir los acontecimientos decisivos para su seguridad nacional y termina limitado a administrar las consecuencias de decisiones tomadas por otros.
La pregunta que permanece abierta es mucho más incómoda que la discusión sobre quién traicionó a quién: ¿puede hablarse de una soberanía efectiva cuando los episodios más trascendentes para la seguridad nacional son definidos por organizaciones criminales y agencias extranjeras, mientras las instituciones del Estado se limitan a reconstruir, explicar y administrar los hechos una vez consumados?

