Por el Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez
“Se trata de elegir entre un país gobernado por caudillos y movimientos temporales, o un país gobernado por leyes e instituciones duraderas.”
La frase podría servir como punto de partida para cualquier debate serio sobre el rumbo del país. Porque más allá de las etiquetas ideológicas, lo que está en juego es el tipo de liderazgo y de Estado que se está consolidando en México.
En días recientes, el debate volvió a encenderse tras declaraciones del expresidente Donald Trump —quien aseguró que México enfrenta graves problemas de seguridad y sugirió que la presidenta Claudia Sheinbaum estaría “asustada” ante la situación del país—. Más allá del tono provocador, el señalamiento reabre una discusión incómoda: la percepción internacional sobre el control del Estado mexicano frente al crimen organizado.
La respuesta del gobierno ha sido la predecible: rechazo a los dichos, defensa de la soberanía y énfasis en el respaldo popular. Sin embargo, el tema de fondo no es la frase de Trump, sino lo que estas narrativas revelan sobre la forma en que México está siendo observado desde fuera: un país con instituciones bajo presión constante y con desafíos persistentes en materia de seguridad.
En paralelo, la decisión de la presidenta de no asistir a la inauguración del Mundial de Fútbol 2026 en el Estadio Azteca —evento que marcará uno de los momentos de mayor visibilidad internacional del país— también ha generado lecturas encontradas. La explicación oficial apunta a razones de costo y a una postura de rechazo a la elitización del evento. En su lugar, se prevé una presencia simbólica en espacios públicos junto a sus simpatizantes.
Aquí aparece el punto clave: más que hablar de miedo —una categoría emocional difícil de probar y fácil de usar como arma retórica— conviene hablar de estrategia. Los liderazgos actuales, especialmente en sistemas altamente polarizados, tienden a privilegiar entornos controlados, audiencias afines y mensajes cuidadosamente filtrados.
Sin embargo, esa lógica se vuelve más visible cuando se suman decisiones que reducen la exposición a escenarios de conflicto abierto. En ese sentido, recientemente se reportó la cancelación de una gira presidencial en Zacatecas en un contexto de tensión social, con versiones que apuntan a la intención de evitar protestas como factor determinante en la decisión.
Este tipo de episodios alimenta una lectura inevitable: ¿se trata de prudencia política, de control del entorno o de una creciente sensibilidad frente a la protesta social?
La Cuarta Transformación ha construido una narrativa poderosa basada en la legitimidad popular directa. Pero ese tipo de legitimidad tiene una tensión inherente: cuanto más se apela al respaldo del “pueblo”, más se vuelve necesario demostrarlo constantemente y en condiciones favorables.
Al final, la pregunta no es si la presidenta tiene miedo. La pregunta es otra, más relevante y más incómoda:
¿Qué tipo de poder se está construyendo en México, cuando la exposición pública se reduce y la gestión política se vuelve cada vez más dependiente de entornos controlados?
Porque los países no se vuelven más fuertes cuando sus gobernantes evitan la incomodidad, sino cuando sus instituciones son capaces de enfrentarla sin miedo y sin depender del control permanente del escenario.




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