POR JUAN LAGUNAS P.
Manuel Gutiérrez Nájera tuvo muchos rostros. Fue un tropel de narradores que habitaba en un mismo cuerpo. En el México de finales del siglo 19, donde la prensa era la contracción de la vida social y literaria, el vate se convirtió en el preceptor imperioso del velo tipográfico.
Más que simples nombres falsos, sus seudónimos eran bautas venecianas que le permitían cabriolear en los paraninfos de la escritura: desde la crónica elegante hasta la crítica mordaz.
La necesidad del embozo. ¿Por qué un autor tan fecundo decidió fragmentar su identidad en más de treinta nombres? Respuesta: cuestión de recato y ubicuidad. Colaboró en diversos medios impresos; verbigracia: “El Universal” y “La Revista Azul”.
Se entrevé que el uso de sobrenombres le permitía soslayar la repleción: no cansar al lector con su nombre real en cada columna. Libertad estilística: cada “personaje” tenía una voz, un tono y un tema determinado.
Separar lo serio de lo mundano. Podía ser un poeta místico en una página y, casi en seguida, un crítico de modas, en la siguiente. “El Duque Job”: “El Dandy de la Crónica”.
De todas sus invenciones, ninguna alcanzó la perennidad de “El Duque Job”. Este seudónimo es la quintaesencia del modernismo mexicano. Al fin y al cabo, el dietario es la fábula de lo que pasa… el diario de una sociedad escrito por un aedo.
Bajo este nombre, se presentaba como un aristócrata del espíritu, un observador refinado que narraba la existencia urbana, los estrenos de ópera y los paseos por el Bosque de Chapultepec.
Ese margrave no solo subrayaba; dictaba cátedra sobre la desenvoltura y la nostalgia francesa adaptada al suelo mexicano.
Galería de espejos: otros nombres -del mismo-. Poseía una disipación mudable. He aquí algunos de sus otros “yo” más destacados:
“Puck”, inspirado en Shakespeare, era su apariencia más traviesa y fantástica, dedicada a la diatriba grácil y a la perspicacia. “Junius”, utilizado (sobremanera) para sus columnas políticas y sociales, con un acento más inflexible y exégeta. “Recamier”, su careta femínea, empleada para hablar de modas, interiores y la etiqueta de la alta sociedad. “El Cura de Juchipila”, con anilinas populares y festivas, demostrando que podía alejarse de la aristocracia cuando quería.
¿Qué legado subyace atrás de la signatura? Al final de su corta vida, Gutiérrez Nájera demostró que el autor es, ante todo, un creador de universos. Al utilizar tantos nombres, no buscaba encubrir el alma, sino centuplicarla.
Hoy, al leer sus anales, se puede comprender que el verdadero Manuel Gutiérrez Nájera es la suma de todos ellos; es decir, la elegancia del “Duque”, la picardía de “Puck” y la profundidad de “Junius”.
Sus motes fueron las astas con las que matizó el retrato más fiel de una época que se debatía entre la tradición colonial y la modernidad cosmopolita. En las letras mexicanas, él sigue siendo el hidalgo que, aun sin títulos reales, presidió el feudo de la palabra con el garbo de un noble imperecedero.
Fuente: Clark de Lara, Belem. Diccionario de seudónimos, anagramas, iniciales y otros nombres de Manuel Gutiérrez Nájera. México: UNAM, Instituto de Investigaciones Filológicas.




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