Juan Lagunas P
Se va (siendo una sustancia). Detenido, avanza… En movimiento, deja una estela de sosiego. Es inmedible. No tiene nada que ver con el dÃa, la noche y las estaciones. Los párpados declinan. La desmemoria, un sobrepuesto. La muerte primera, inminente. La sucesión, indeterminada.
El ser hace ininteligible la indolencia de la neblina. Las nubes grises son un instante detenido; la lluvia, gotas de vapor sin receptáculo… Batahola de insuficiencia. La porfÃa por contener la impaciencia no culmina. Empero, ésta es inútil. En 2 de Pedro 3:8 se expresa:
“Mas, oh amados, no ignoréis esto:
que para con el Señor en dÃa es como
mil años, y mil años como un dÃaâ€.
Evidentemente, esto explica que la momentaneidad es un suceso parado, inalterable, que no desciende. La caÃda desde del agua de un rÃo u otra corriente por brusco desnivel del cauce, un delirio innumerable. El amor es contraindicación: un destello quebradizo. José MarÃa Muñoz Quirós, en “El despertarâ€, musita:
Solo asÃ, con el pecho
transparente y desnudo
del cristal, con
el caudal de un rÃo
derramado
en los brazos del tiempo.
La transición no posee vértices desde el hombro hasta la extremidad de la mano. No hay nada. La cintura escapular es un concepto especulativo. No obstante, los acontecimientos surgen: atrocidad, traición, sueño, hambre, astenia, muerte, inmunidad, virus, bacterias, aislamiento, impotencia, signos, papel, hoja de aire, Bambarás, MalÃ… Tú.
Puedo dejar de existir a medida que escribo. Me angustia. La nostalgia, una frustración: es imposible regresar. Las fotografÃas evidencian el embuste. No se puede interrumpir la escalada de algo que no se agita. “Todos los siglos son este presenteâ€, pondera Octavio Paz.
Hay sustantivos inadmisibles. Verbigracia: periodo, transición, lapso, desliz, pretérito pluscuamperfecto, cambio, alternancia, renovación, segundos, minutos, milésimas, micras…
Se trata de un convencionalismo inconsútil. La vida no es tal. El vientre, cubil de éxodo. El hombre huye (con una pulsera de unidades supuestas). Clepsidra insignificante.
La puerta de la interferencia se cierra en cualquier intervalo. El alma se diluye. Quevedo lo expone asÃ, en “Amor constante más allá de la muerteâ€:
Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco dÃa,
Y podrá desatar esta alma mÃa
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Las saetillas no sirven. Ni señalan el devenir. No he acabado y, en enorme grado, busco la penumbra de la intemperie.

