Jaime Luis Brito
Hay personajes que pasan por la historia. Y hay otros que la cambian.
Esta semana murió Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, una de las figuras más importantes de la transición democrática mexicana. Se fue un político, sí, pero sobre todo un hombre que ayudó a abrir puertas que parecían cerradas para siempre en un país acostumbrado a confundir Estado, gobierno y partido.
Lo conocí en 1994. Éramos un grupo de estudiantes de Psicología y Biología de la UAEM. Lo llevamos a un encuentro con universitarios en una institución que entonces conservaba un espíritu profundamente priista. No fue sencillo. Hubo resistencias, presiones y los porros de siempre intentando mantener intacto un orden que parecía inamovible. Pero aquel día ocurrió algo importante: la universidad abrió sus puertas a un candidato presidencial identificado con la izquierda, y aunque ya había estado en 1989 acompañado de los sindicatos universitarios, era la primera vez que estudiantes lo llevabamos al campus.
Hoy puede parecer algo menor. No lo era.
En aquellos años, permitir que una voz distinta ingresara a determinados espacios era un acto profundamente político. Rompimos un cerco. Y él, con la serenidad que siempre lo caracterizó, contribuyó a demostrar que la pluralidad no era una amenaza, sino una necesidad democrática.
Con el tiempo tuve oportunidad de encontrarme con él en varias ocasiones. Lo entrevisté para la radio. Lo escuché en reuniones públicas y privadas. Lo vi en 2016, durante las exhumaciones de las fosas de Tetelcingo, acompañando una causa que exigía verdad y justicia para las víctimas. Años después, hacia 2018, compartí una comida en la que volvió a mostrar esa combinación cada vez más escasa de firmeza, inteligencia y sobriedad.
Nunca fue un político estridente. No necesitaba serlo.
Su legado no está solamente en la fundación de un movimiento político o en haber encabezado una de las mayores impugnaciones democráticas al viejo régimen. Su legado está en haber demostrado que era posible desafiar al poder desde la congruencia y no desde el oportunismo.
México tiene una deuda enorme con Cuauhtémoc Cárdenas.
Siempre quedará la pregunta sobre qué país habría sido éste si hubiera llegado a la Presidencia en 1988 o incluso en 1994. El hubiera, dicen, no existe. Tal vez sea cierto. Pero también es verdad que los pueblos se construyen a partir de las posibilidades que fueron y de las que no pudieron ser.
A veces vale la pena imaginar esos caminos interrumpidos por la mezquindad, el miedo o la estupidez de quienes antepusieron intereses personales al desarrollo democrático de la nación.
Hoy, más que discutir escenarios hipotéticos, corresponde reconocer una realidad: muchas de las libertades políticas que ahora parecen normales fueron conquistadas por personas como él.
Por eso esta no es una despedida triste. Es un agradecimiento.
Gracias por la dignidad.
Gracias por la congruencia.
Gracias por abrir brechas donde otros levantaban muros.
Y gracias, ingeniero, por ayudar a que México fuera un poco más democrático de lo que era cuando usted decidió enfrentarlo todo para cambiarlo

