“Todo cambia, nada perece”
Ovidio, Metamorfosis, XV, 165.
Por: Dr. Juan Federico Zuñiga Ramírez
Sentado a la orilla de un lago de Morelos, miro la tarde deshacerse sobre el agua, una piedra asoma entre los reflejos y mi imaginación la convierte en otra orilla, el lago se vuelve mar; el viento trae un rumor de cadenas y aparece Andrómeda, suspendida entre la voluntad de otros y un horizonte que todavía puede abrirse, como la eterna posibilidad del ser.
El mar todavía guardaba la voz de Casiopea, reina del mítico Etiopía, quien había proclamado que su belleza superaba a la de las nereidas, insulsa, aquellas criaturas de las aguas llevaron la ofensa hasta Poseidón y el dios respondió con inundaciones y un monstruo marino; entonces el horizonte dejó de prometer viajes, las olas comenzaron a traer el miedo, una palabra pronunciada en el palacio había oscurecido todas las ventanas.
Cefeo consultó al oráculo, ¿el destino puede cambiarse cuando ha sido dado por los dioses? la respuesta exigía entregar a su hija Andrómeda para librar al reino de la calamidad y la tragedia. La joven fue encadenada a una roca frente al mar, sin haber pronunciado la jactancia, sin haber elegido aquella disputa, cargando una deuda que otros habían contraído, detrás quedaban los muros que debieron protegerla, pero se convirtieron solo en papel; delante crecía una oscuridad con respiración de espuma, entre ambos, su vida esperaba como una lámpara que nadie se atrevía a recoger.
Perseo regresaba de su encuentro con Medusa, cortar cabezas parece tan sencillo cuando descubrió aquella figura inmóvil, descendió con sus sandalias aladas y conoció la causa de las cadenas, acordó con los padres rescatarla y recibir su mano, después enfrentó al monstruo y lo venció, el hierro dejó de sujetarla, la orilla volvió a ser un lugar desde el cual partir. Todavía Fineo, su anterior prometido, disputaría el matrimonio, y Perseo repelería su ataque con la cabeza de Medusa.
Andrómeda invita a pensar el lugar de quien soporta culpas ajenas, aquello que te heredaron los padres o los abuelos, los vicios que no puedes comprender, la familia y la comunidad concentran en una vida el costo de su conflicto, las cadenas evocan mandatos que pueden confundirse con deberes propios y el monstruo representa, simbólicamente, una amenaza que parece ocupar todo el porvenir, recibir ayuda rompe el aislamiento, pero la liberación también exige distinguir lo que nos pertenece de aquello que nos impusieron, nadie tendría que demostrar su valor pagando por las palabras de otros ¿qué elementos aun no identificas y solo son sobras de deseo en un infinito de posibilidades?
Esta historia abre una pregunta por la justicia, si salvar al reino exige sacrificar a alguien inocente, su tranquilidad descansa sobre una injusticia y el rescate conserva una tensión, Andrómeda pasa de ser ofrenda a ser parte de un acuerdo matrimonial en el que su voz apenas aparece, por eso una lectura contemporánea puede ir más allá de celebrar al héroe, liberar no equivale a adquirir, cuidar significa devolver posibilidades de elección, quizá la transformación más profunda del mito no sea la derrota del monstruo, sino aprender a mirar a quien estaba encadenada como alguien cuyo porvenir no nos pertenece, el mar puede seguir siendo inmenso, sin tener por ello la última palabra.
¡Puedes rescatar tu destino y cambiarlo!
Bibliografía
Apolodoro. (1985). Biblioteca (M. Rodríguez de Sepúlveda, Trad.). Gredos. Libro II, 4, 3, disponible en español en librerías de México.
Ovidio. (2002). Metamorfosis (A. Pérez Vega, Trad.). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Libros IV–V y XV, disponible gratuitamente en español en su biblioteca digital.

