Por Dr. Miguel Ángel Martínez Rodríguez
Hay decisiones políticas que se explican por lo que dicen y otras por el momento en que se toman. El regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa pertenece a las segundas. Rocha volvió al cargo y, con ello, recuperó algo más que el despacho: recuperó el fuero, el poder político y la capacidad institucional de enfrentar desde la gubernatura una coyuntura particularmente delicada para Sinaloa.
Pero el regreso duró apenas unas horas.
Después de que Claudia Sheinbaum marcara distancia públicamente, de que los gobernadores de Morena cerraran filas con la Presidenta y de que Ricardo Monreal le pidiera reconsiderar su decisión y solicitar licencia, Rocha volvió a pedir licencia.
La secuencia es más reveladora que cualquiera de los discursos.
Primero regresó.
Después recibió el mensaje de Palacio.
Y finalmente reculó.
La pregunta, entonces, ya no es solamente por qué Rocha decidió regresar. La pregunta es qué esperaba encontrar al hacerlo y qué encontró cuando volvió.
Una hipótesis política resulta difícil de ignorar: Rocha pudo haber dejado de confiar en que permanecer fuera del cargo fuera una posición suficientemente segura para él. Al regresar, recuperaba el poder de la gubernatura y, con él, el fuero constitucional.
Eso no significa impunidad. Jurídicamente son conceptos distintos. Pero políticamente el fuero modifica la ecuación. Un gobernador en funciones no se encuentra en la misma posición institucional que un gobernador separado del cargo.
Y el momento no era cualquiera.
Mientras Rocha regresaba, la investigación federal sobre la muerte de Melesio Cuén y los acontecimientos relacionados con Ismael “El Mayo” Zambada seguía produciendo consecuencias. Apenas un día antes de su reincorporación, la Fiscalía General de la República obtuvo prisión preventiva contra Fausto “N”, identificado como chofer de Cuén, acusado de encubrimiento de homicidio y falsedad de declaraciones.
En ese contexto, regresar al cargo tenía un significado político evidente. Rocha volvía a tener poder y también fuero.
Pero entonces apareció Claudia Sheinbaum.
La Presidenta no necesitó pronunciar el nombre del gobernador para que el mensaje quedara perfectamente claro: ningún interés personal puede estar por encima de los intereses del pueblo y de la Nación; los cargos son pasajeros.
La frase fue mucho más que una declaración política.
Fue una definición de jerarquías.
La rebelión, si alguna vez lo fue, duró un día.
Pero dejó una pregunta mucho más importante sobre la mesa: ¿Rocha regresó porque se sentía fuerte o porque dejó de sentirse protegido?
Y quizá la respuesta esté en lo ocurrido después.
Porque en política hay momentos en que una decisión revela más por la rapidez con la que se corrige que por las razones con las que se tomó.
Rocha descubrió que podía volver.
Pero también descubrió, en cuestión de horas, que el poder de la gubernatura no estaba por encima del poder de Palacio.
Recuperó el fuero, pero perdió el cobijo político.
Y en el México de hoy, esa diferencia puede ser la más importante de todas.

