POR JUAN LAGUNAS P.
El tiempo, imparable. Un papel permanecerá; yo me iré… Sin torna. No sé quién me habrá de sepultar. Me vislumbro solo (como ese árbol que mi hermano atajó). Es estío. Un desenlace de tentación. El descuido reaparece -sin tus ojos, que no me ven-.
Cuando me desamparó el desprecio (al afiliarse en mi alma), comprendí el retraimiento y la neurastenia. Viene, en desmedida, Guillermo Prieto (1818–1897). En un panorama literario y político -dominado por élites que miraban con nostalgia hacia Europa-, éste desvió la mirada hacia las calles, los mercados y las trincheras mexicanas. Plasmó los arquetipos populares: el aguador, la china poblana, el lépero, el tendero…
Bajo el pseudónimo de «Fidel», compuso estrofas que tamborilearon en la infinitud de la caída. Su obra cumbre: “Romancero Nacional”. En «El Grito de Dolores», siente:
“En el atrio de la iglesia
la muchedumbre se agita;
ya no hay quejas, hay clamores;
ya no hay ruegos, hay justicias.
¡Viva la Virgen María!
¡Viva la patria querida!
¡Muera el gobierno tirano!
¡Muera la gente maldita!
Y al viento las voces vuelan,
y el eco las multiplica,
y aquel puñado de siervos
en héroes se transfigura”.
Este fragmento delinea el momento cúspide en que el abate, Miguel Hidalgo, convoca al pueblo -la madrugada del 16 de septiembre de 1810.- Logra aprisionar la agitación y el misticismo del inicio de la insurgencia. Asimismo, en «La batalla de las Cruces», vocifera:
“Ya la vanguardia enemiga
por la cañada asoma,
y el trueno del cañón rudo
las soledades azota.
¡A ellos, hijos de la patria!
¡A ellos, que la tierra es nuestra!
Que el valor rompa las cadenas
y el valor nos dé la gloria.
El humo cubre los campos,
la sangre la tierra alfombra,
pero el grito de «¡Adelante!»
sobre las balas se encona”.
Aquí narra -con entusiasmo patriótico- el desafío en el Monte de las Cruces, donde el ejército insurgente derrotó a las tropas realistas. Ergo, dentro de «La muerte de Morelos», rinde garbo al «Siervo de la Nación»:
“Sentado en el rudo banco,
firme el rostro, la mirada
fija en el cielo, que ostenta
luz de eterna bienandanza.
No hay un temblor en sus labios,
no hay una queja en su alma;
que el gigante de Cuautla
sabe cómo muere la patria.
Suena el golpe del fusil…
cae el héroe en la distancia,
y el sol esconde su frente
tras de una nube de escarcha”.
En suma, la poesía está en Babia. Relega la evasión…

