“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría”: Salmos 90:12.
POR JUAN LAGUNAS P.
Publicado en 1913, el primer volumen de En busca del tiempo perdido no es solo una novela; se trata de un mapamundi de cognición. El tiempo franquea; se acaudala en los nidales de los céfiros de recebo de la prisión corpórea.
El episodio más célebre de la literatura universal ocurre en estas páginas: el narrador moja una magdalena en una taza de té y, de súbito, la degustación desencadena un afluente de recuerdos de su infancia -en Combray-. Marcel Proust establece aquí una distinción vital:
- Reminiscencia facultativa: lo que intentamos recordar con el intelecto (fechas, datos, hechos fríos).
- Evocación indeliberada: surge a través de los sentidos (un olor, un sabor, un roce); nos devuelve la particularidad exaltada del pasado.
El libro se divide en la infancia del narrador y el relato del amor obsesivo de Charles Swann por Odette de Crécy. Éstos representan dos rumbos geográficos y simbólicos:
- El camino de Méséglise: asociado con las planicies, el sol y la burguesía.
- El atajo de Guermantes: mancomunado con el río, la sombra y el señorío inabordable.
Son mundos semejantes que definen la percepción del anhelo. En la sección “Un amor de Swann”, el escritor hace una disección psicológica de los celos. Swann, un hombre culto y refinado, se enamora de Odette, una mujer que “no era su tipo”. El autor muestra que el apego -frecuentemente- no es hacia la otra persona, sino en torno a la imagen y el sufrimiento que ésta propicia: una búsqueda de cómo ennoblecemos y, finalmente, sobrellevamos por los propios predominios.
La obra posee frases largas, sinuosas y compuestas de alegorías que obligan al lector a detenerse. Su escritura imita el flujo del pensamiento. Leerla es la tonalidad de un madrigal. “El único verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”: cavilación del vademécum.
En suma, nada se pierde mientras se tenga la capacidad de rememorar.
El detonante: el bollo: un tropiezo con un adoquín desigual o el sonido de un cacillo contra una escudilla. La consecuencia: el suceso regresa con insistencia vehemente.
Las almas y el instante perdidos, lejanos, están “presos en algún ser inferior”, en una substancia habitual.
Nostalgia inútil; lo que le da unidad al “yo”. Decaigo; empero, sigo siendo la misma persona que sintió aquel aroma hace treinta años. Es la victoria del espíritu sobre el lapso y la muerte. El agua mana… Al volver a la orilla, no soy. Me deshago.
La mirada de niebla me impide ver la intemporalidad: la péndola y, en segundos, el momento abstraído donde algo sucede. La tenada no distinguida. Tú…




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