Por: JUAN LAGUNAS
En la cuarta de forros, una imagen indivisible de tiempo detenido y agravio: mi hermano mayor. Aparece y, en seguida, se disipa. ¿Adónde está? ¿Qué camino toma? ¿La amargura lo traslada a la separación? La diacronÃa me imposibilita solventar el pentimenti.
No estoy, ahora, al otero de los signos (que se desperdigan en el descampado: el papiro desplegable). Lo visible: su carácter ambivalente. La incógnita: el discontinuo desvanecimiento. Levanta el párpado. Habla. Sale. Indaga (con la aliteración de origen) … Voltea. Entra en la pérdida. Argumenta.
Recién, entrevió la muerte (vencida por el MesÃas). Oyó lamentos en la habitación tenebrosa (del dispensario impenetrable -por el covid-). La desgracia lo… De momento, concibe que el asedio forja. Luego, la ida (la melancolÃa, que lo aturde, es desprecio).
Parte. No tiene retorno. Improvisa. En ocasiones, suma infinitesimales, para calcular el área bajo una curva o volumen -cúmulo de cifras en un intervalo-. Es decir, deriva. El lápiz, imperceptible (en la mesa desavenida). Indeliberadamente, la asociación lingüÃstica (esencial) conmueve el habla: trama de desdoro y altanerÃa; prosecuciones de monomanÃa. Alejandro Aura palidece:
Yo tenÃa un hermano mayor;
era siempre cinco años más amable y más sereno;
querÃa un escritorio y un caballo
y una manera nueva de contar los sueños
y una mina de azúcar, de seguro.
Codicia. Pero, traba el pensamiento a la nada (como un liquen arrancado del sinapismo). En aquel filme -insonoro- se ven sus pasos perdidos. La cámara, en acercamiento, devela ojos de angustia. Carencia. Cuando huye, la nombradÃa de la intriga es verosimilitud (para él, “relatividadâ€). La confusión es angiosperma. Nihilismo (palabreo) o mentira. Piedad. Escúchenlo. Tiene destierro. Sigamos leyendo al vate:
Le gustaba leer y razonaba,
a veces era tierno con las cosas
pero yo nunca vi que fuera un niño.
El dÃa de mi salida del claustro, su puño (no sé cuál) ya habÃa agrietado un vidrio. Aún tiene la alforza. Relata esa incidencia. Desternilla. Se burla de lo acontecido. Inentendible. Desatino: pedregal.
Pone su brazo en el hombro de mi madre, que solloza (con la ojeada alborozada). Sólo ella logra descaminar la aflicción. No obstante, ésta la hará sucumbir. Entonces, la demencia, las lágrimas incorporadas y la descomposición van a regir. ¿Sabrá eso? La conciencia elude. Acá, la plica:
(…)
me daba miedo estar a solas con mi abuela,
pero tenÃa un hermano mayor
sobre la luz cantando.
El Tribunal nos espera. En tanto, no lo veo.

