JUAN LAGUNAS P.
Si los estigmas de Strauss son: 1. Allegro. 2. Vivace; los de la aspereza de la maldad, incentivo y disimulo. Semióticamente, la clasificación fenoménica es un nivel de nada (y de suceso). Lo acústico, según Peirce, es una condición (ni excelsa, ni Ãnfima). Está ahÃ: en el tÃmpano de la disfuncionalidad de la tendencia. La gradación melodiosa es fastidio: atropello: demonio. La teorÃa del inscape, de Gerard Manley Hopkins, alude al paisaje interior: el desbarajuste de la otredad, donde el vilipendio y la perplejidad rondan.
El instintivo intrÃnseco de la biósfera es servilismo. Disociación. Maldad. Ahora, el correlato objetivo de Eliot, exigencia de conmoción. No impera. Reaparece sobre la licuefacción de la instantaneidad.
Voy directo a ti, al alma que encubres. Llevo el vals: “Rosas del sur†(opus 388) en la mente. Se me olvidan las llaves de la puerta. Me quedo a la intemperie de lluvia, que trae polvareda, ácido y tierra. La nube solitaria no da aire; empero, las ventanas se remueven. Tus brazos se alejan… Luego, “El pañuelo de encaje de la reinaâ€, inspirada en una novela de Heinrich Bohrmann-Riegen. La quietud de mis ojos parpadea. Los propulsores se desaprovechan del áncora. El llanto está subrepticio en tu pecho, que se pone enderezado -espigado- en la orilla del afluente despedazado por la imaginación. Dios está siempre en los ademanes inactivos.
La emotividad y la preponderancia acarrean lances. Dice Owen: “Callejón del Agua Escondidaâ€. Hay más:
O bajaré al puerto nativo
donde el mar es más mar que en parte alguna:
blanco infierno en las rocas y torcaza en la arena
y amarilla su curva femenil al poniente.
Y no lo sé, pero es posible que oiga mi primer grito
al recorrer en sueños algún nombre:
“El Paseo de Cielo de Palmeras.â€
La naturaleza no es panteÃsta. Dios reina. Es absoluto. Él mismo calmó la hostilidad de un océano:
Mateo 8:23-26:
Y entrando él en la barca, sus discÃpulos le siguieron. 24 Y he aquà que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrÃan la barca; pero él dormÃa. 25 Y vinieron sus discÃpulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! 26 Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.
La serenidad es un movimiento altÃsimo e Ãntegro, que se abre a las displicencias y ennoblece la altivez perdida (o desahuciada) en la desesperanza de la nubilidad. La pubescencia es inerme en la palabra connotada. Compensación de la ignorancia. Soy tú. Nada…
Gilberto Owen / 1946 / Óleo sobre lienzo

