A Tizoc, mi amigo
POR JUAN LAGUNAS P.
En el pensamiento, la muerte. No se aleja. Es un afluente… Una carilla de señal sin sandez. Desde antes, la irritación entraba en el labrantío, para… ¿Atenuar la espera? No sé…
Vuelve. Va. Se aleja. Es atrición. Codicia… Desmerece la desesperanza. Ésta es un lirio: pasadero sepultado, que no finaliza: caminas y, al avanzar, desandas.
Con base en eso, la literatura mexicana de finales del siglo 19 y principios del 20 se encuentra atravesada por representaciones pictóricas descomunales que buscaron transitar desde el romanticismo más arrebatado hacia la modernidad estética. Entre ellas, Salvador Díaz Mirón (1853–1928) ocupa un sitio singular, cerca de lo fabuloso.
Considerado uno de los precursores indiscutibles del modernismo hispanoamericano —junto con Manuel Gutiérrez Nájera y José Martí—, su obra poética es delirio (del bueno: acomodo: mesura: vehemencia: destiempo).
Su obtención de elegía reincide en dos momentos creativos primordiales: 1. El entusiasmo sensiblero de su pubescencia, plasmado en su célebre poemario: “Lascas” y… 2. La evolución hacia un saneamiento inflexible.
Sus primeras inspiraciones inhalaban el vacío de Lord Byron, Víctor Hugo y Manuel Acuña: una mixtura de soledad crepuscular, amores irremediables, desgarramientos sentimentales y una apariencia ante la preexistencia hondamente calamitosa.
Sin embargo, su temperamento altanero —que lo llevaría a desempeñar desafíos, lances políticos y digresiones de reclusión penitenciaria— dotó a sus versos de una corriente y una virilidad inusuales para la poesía mexicana de la época. He acá algo de:
“A Gloria”:
“¡Oh, tú, soberbio espíritu! No bajes
la frente ante el dolor ni ante el ultraje;
sé como el roble que el embate fiero
de la tormenta dobla, mas no quebra;
Semejante al nocturno peregrino,
mi esperanza inmortal no mira el suelo;
no viendo más que sombra en el camino,
sólo contempla el esplendor del cielo.
Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro”.
La exhalación es adestramiento. Apenas, ofensa. Una descendiente descomedida de custodia de codicia. Aquél:
“Tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal y, por lo mismo, impuro.
A través de este vórtice que crispa,
y ávido de brillar, vuelo o me arrastro,
oruga enamorada de una chispa,
o águila seducida por un astro.
Inútil es que con tenaz murmullo
exageres el lance en que me enredo (…)”.
Ahora bien, “Lascas” es el libro fundamental de Salvador Díaz Mirón: uno de los monumentos bucólicos de las letras mexicanas. El título mismo —que hace referencia a los guijos tajantes de pedrusco que saltan al ser golpeados— define la naturaleza de su plectro: esclerosis.
No escribo. Soy… Nada.

